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jueves, octubre 02, 2014

FAMILIA Y ENGRANAJE SOCIAL

Si mientes con frecuencia en casa, si hablas mal de la gente, si das voces habitualmente, si no respetas a los demás, si discutes por todo con tu esposo o con tu esposa o con tus hijos, si creas mal ambiente, si no sabes dialogar; si en tu hogar suceden todas estas cosas, o algunas de ellas, es un indicativo de que las cosas van mal o muy mal y que el desenlace puede ser tremendo.

Es por ello por lo que es importante cuidar los detalles, propiciar un ambiente que favorezca la armonía y la concordia. No podemos quedarnos de brazos cruzados cuando vemos que los enemigos de la paz familiar están tan cerca intentando dar lugar a un ambiente de ruptura y de fatal desenlace.

Los padres y las madres tenemos que enseñar a los hijos a colaborar en las tareas del hogar, a no ver en la televisión habitualmente los programas más cutres y chabacanos, a ser ejemplares, y para ello tenemos que dar nosotros también buen ejemplo, a practicar las virtudes, a aprovechar el tiempo, a ser estudiosos.

Tenemos que enseñar a los niños y a los jóvenes a que no se quejen por todo, a que coman lo que se les ponga, siendo siempre en esto agradecidos, pues hay muchas personas en el mundo que no pueden comer. Tenemos también que darle normas de conducta para que sepan actuar en la vida para que sepan ser y estar en las diversas circunstancias.

Todos los niños y jóvenes necesitan aprendizaje y gran parte de las cosas se aprenden en el hogar, de boca de los padres, de las madres y de los hermanos, si allí no se aprende, muchas cosas se quedarán sin aprender.

Los padres y madres tenemos que ocuparnos de las preocupaciones de los hijos, de sus inquietudes, de sus ilusiones y desilusiones; tenemos que dedicar tiempo a jugar con nuestros hijos, a hablar con ellos y a formarlos.

Con el tiempo, nos daremos cuenta de que nuestros hijos son el mejor de nuestros tesoros. El fracaso de nuestros hijos será nuestro fracaso; sus derrotas serán nuestras derrotas; sus alegrías también serán nuestras alegrías; su dolor será nuestro dolor y seguro que nos dolerá aún más que a ellos.

Los padres y madres tenemos que conducir a nuestros hijos por el camino del bien, por el camino de la bondad; por el camino: de la delicadeza, del cariño, del amor… Tenemos que enseñarles a ser compresivos, a ser tolerantes, a ser generosos, a ser solidarios, a ser respetuosos, a pensar en los problemas de los demás.

Muy importante es que sepan el valor negativo de la violencia, del aborto, del terrorismo, de las guerras; y además el daño terrible que todo esto ocasiona: muertes enfermedades, destrucción, miseria, caos.

Tenemos que enseñarles a enjuiciar las cosas, a valorarlas razonablemente. A valorar lo que sus padres le dan, la sociedad le da y Dios le da. Enseñarles la trascendencia de la vida, la existencia de Dios, la fe, el valor de los dones que de Dios hemos recibido, el sentido de la muerte; todo por supuesto según nuestras creencias.

Deben de saber la importancia de la dignidad del ser humano, la importancia: de la libertad, de la democracia, de la política. Y que conozcan los grandes vicios de la humanidad: deslealtad, deshonestidad, corrupción, usura, codicia, envidia, soberbia, arrogancia, poder...

También es importante que conozcamos el centro educativo al que van nuestros hijos, los profesores que imparten las enseñanzas, el ideario, los compañeros y en general el ambiente del centro; pues por desconocimiento pueden suceder cosas o sucesos ingratos que se han podido evitar.

Como profesor de Secundaria durante 37 años he apreciado el gran daño que producen en los hijos la marginación social, las rupturas y el mal ambiente familiar y las familias desestructuradas; también causa un gran daño la dejadez de los padres respecto de los hijos, el abandono, el descuido, el no dedicarse a ellos.

Los hijos son lo más importante, más que los negocios, más que las diversiones. Hay un dicho que nos puede servir de reflexión: “Si quieres destruir una sociedad destruye a sus familias”. Hoy los valores familiares no están en auge y así nos va todo, patas arriba: la sociedad, los valores, la moral, las costumbres, la convivencia, el sistema educativo, la economía. Sin la familia. todo el engranaje social se resquebraja y todo sucumbe.
Rafael Gutierrez Amaro

martes, septiembre 09, 2014

LA BELLEZA DEL MATRIMONIO SEGUN SPAEMANN

Para el pensador alemán resultan alarmantes las cifras de rupturas matrimoniales de las sociedades occidentales, pero mayor preocupación suscita la mentalidad divorcista que ha prendido entre los católicos. También entre los creyentes el matrimonio ha dejado de considerarse “una realidad nueva e independiente que se encuentra por encima de la individualidad de los esposos” y que no puede ser disuelta ni por la voluntad de los cónyuges, “ni por la decisión de un sínodo o del Papa”.
La belleza de la vida matrimonial solo puede brillar cuando se presentan también sus exigencias, sin diluirlas ni rebajarlas
No rendirse a la corriente dominante
Esta visión del matrimonio choca con ciertos valores actuales, pero no hay que olvidar que tradicionalmente el mensaje cristiano ha contrastado con los modos de vida predominantes. También hoy la Iglesia, “lo quiera o no, se está convirtiendo en una contracultura” y su futuro dependerá de su fidelidad a las enseñanzas del Evangelio, con independencia de lo aceptado socialmente.
Estas reflexiones responden a la polémica sobre la situación de los católicos divorciados y vueltos a casar y la publicación de la intervención del cardenal Kasper en el Consistorio Extraordinario, convocado por el Papa Francisco para preparar el próximo Sínodo de la Familia. Para Spaemann, un cambio en la postura de la Iglesia sobre este tema supondría “una capitulación a la ideología secular”.
Aceptar de alguna manera el segundo matrimonio de un divorciado no solo está en contradicción con la doctrina evangélica; significaría transformar “el concubinato adúltero en una unión aceptable bendecida por la Iglesia en nombre de Dios”. En tal caso, la respuesta a un pecado –el adulterio– no sería ya la contrición y el perdón, sino una nueva unión, como si el paso del tiempo enmendara en cierto modo la ofensa de la ruptura.
Este modo de pensar, que se ha extendido también en el seno de la Iglesia, está basado en un profundo error. “El tiempo de por sí no es creativo. Su mero transcurrir no restaura la inocencia perdida”. Del mismo modo, recuerda Spaemann, la responsabilidad por el pecado no se limita a confesar la culpa: hay una exigencia de reparación, el compromiso a regularizar una situación anómala o de llevar una vida de continencia.
“Hay un inmenso atractivo en la idea de que la unión de un hombre y una mujer está ‘escrita en el cielo’, que perdura en lo alto, y que nada puede destruirla”
Apoyar a las víctimasEso no supone discriminación ni una falta de caridad con quienes han iniciado una nueva unión: “apoyar a nuestros hermanos cristianos que se han vuelo a casar, mostrarles nuestra comprensión y asegurarles la solidaridad de la comunidad es un deber de misericordia”. Pero esa atención no obliga a rebajar sus deberes; además, “admitirles a la comunión sin contrición y sin regularizar su situación sería una ofensa contra la Eucaristía”.
En cualquier caso, a Spaemann le resulta extraño que en las discusiones sobre este tema no se hayan tenido en cuenta a las víctimas, cuando justamente se ha achacado a la Iglesia que en los casos de abusos sexuales no les prestara suficiente atención. “¿Ha hablado alguien sobre la mujer que ha sido abandonada por su marido, o sobre sus hijos?”, pregunta.
Si los divorciados y vueltos a casar pudieran recibir la comunión, las víctimas de la ruptura matrimonial de algún modo entenderían “que la Iglesia acepta y bendice una nueva unión”, añadiendo al drama de la ruptura un nuevo agravio. ¿No es de justicia que la Iglesia también se preocupe por ellas?
La belleza del matrimonio cristianoEs doloroso percatarse de que muchos católicos contraen matrimonio sin estar convencidos de su indisolubilidad. Se casan sin conocer las implicaciones del sacramento. La culpa de ello, en gran parte, es de la propia Iglesia: “La preparación al matrimonio cristiano muchas veces no presta a las parejas comprometidas una imagen clara de las responsabilidades que asumen. Si lo hiciera, muchos decidirían no casarse por la Iglesia. Para otros muchos, sin embargo, una buena preparación matrimonial les serviría para decidir su conversión”.
En lugar de buscar alternativas al criterio tradicional o disminuir las responsabilidades que comporta el compromiso conyugal, Spaemann cree necesario promover el atractivo de la concepción cristiana del matrimonio. Pero la belleza de la vida matrimonial solo puede brillar cuando se presentan también sus exigencias, sin diluirlas ni rebajarlas; de otro modo, desaparecería.
“Hay un inmenso atractivo en la idea de que la unión de un hombre y una mujer está ‘escrita en el cielo’, que perdura en lo alto, y que nada puede destruirla, que permanece ‘tanto en la salud como en la enfermedad’. Esta convicción es una maravillosa y estimulante fuente de fortaleza y gozo para aquellos esposos que se enfrentan a crisis matrimoniales y que buscan encender de nuevo su viejo amor”.

jueves, septiembre 26, 2013

HIJOS Y ESTABILIDAD MATRIMONIAL

El ambiente ideal para criar a los hijos es la estabilidad biológica de la relación entre el padre y la madre
 
Son siete investigadores y docentes universitarios de renombre en América los que han realizado un estudio coordinado por Mark D. Regnerus y firmado por sus colegas universitarios. Afirman en el estudio que “sigue siendo racional que el Gobierno proporcione un reconocimiento distintivo y un incentivo con respecto al matrimonio y a la estructura parental que ha demostrado ser mejor”

Los investigadores afirman que la declaración “no difference” es difícil de mantener, ya que casi todos los estudios en que se basa esta afirmación son muy limitados, con la participación de muestras no aleatorias y no representativas, y muy a menudo con pocos participantes.

El equipo de científicos señala que la afirmación de “no difference” de la APA es bastante “sospechosa”, y está “empíricamente socavada por una limitación metodológica significativa”. Por otra parte, “contradice investigaciones de larga duración que demuestran que el ambiente ideal para criar a los hijos es la estabilidad biológica de la relación entre el padre y la madre”.

Los estudios en los que confía la APA, por tanto, no son tan fiables. “Los únicos estudios que se basan en una amplia muestra aleatoria y representativa tienden a revelar la conclusión opuesta, encontrando diferencias significativas entre los niños criados por padres en una relación de mismo sexo, y las relativas a una pareja de los padres biológicos. Está claro que los padres biológicos ofrecen, de forma general, un entorno eficaz y comprobado para la crianza de los hijos, y es razonable concluir que las funciones de una madre y un padre proporcionan una unidad parental complementaria donde cada uno tiende a dar algo único y útil para el desarrollo del niño”.

Después de enumerar una serie de estudios que demuestran todo esto, centrándose también en la literatura científica sobre la importancia de la presencia específica del padre y de la madre, los investigadores señalan: “Las estructuras parentales del mismo sexo excluyen por definición a la madre o al padre. Ciertamente, las parejas del mismo sexo, al igual que otros tipos de estructuras, pueden ofrecer calidad y esfuerzo con éxito en la crianza de niños, esto no se pone en discusión. Pero la evidencia de las ciencias sociales, en particular las conclusiones basadas en pruebas con muestras representativas, sugiere la ventaja única de una estructura formada por una madre y un padre”.

La conclusión final de este valioso estudio asegura: “El matrimonio es el medio legal por el cual los niños se unen permanentemente con sus madres y sus padres biológicos, orientados hacia un desarrollo óptimo. Los padres del sexo opuesto permiten que los niños puedan beneficiarse de las contribuciones distintivas maternas y paternas. A la luz de estos hechos, salvaguardar el matrimonio es una libertad que debe serle reconocida a los niños, por lo menos tanto como a sus padres”.

sábado, septiembre 21, 2013

COHABITACIÓN VS MATRIMONIO

En todo el mundo, crecen las evidencias sociológicas de que el vivir juntos sin casarse debilita la institución matrimonial, incluso más que el divorcio, y que eso daña a las personas, sean adultos o niños.
 
La tendencia a que baje la nupcialidad crece más y más. Hay miedo a casarse, miedo al divorcio y miedo a comprometerse.

España, nupcialidad hundida
Por ejemplo, en España, entre 2001 y 2004 se producían en España 5 matrimonios por cada mil habitantes (la llamada tasa bruta de nupcialidad). En 2005 cambió brutalmente la legislación sobre el matrimonio, al introducirse un cóctel único en Europa de "divorcio exprés" con "matrimonio del mismo sexo". 
Desde ese año, la tasa bruta de nupcialidad bajó de forma constante: 4,7 en 2005; 4,6 al año siguiente; 4,5 un año después; 4,2 en 2008; 3,8 en 2009; 3,6 en 2010. Después, apenas un leve repunte. Es una bajada muchísimo más acusada que la de Francia o Italia en la misma época, que no modificaron sus leyes. 

Pocas bodas, pocos hijos
La baja nupcialidad influye en la baja natalidad: la gente quiere estabilidad antes de tener hijos. Y esta estabilidad tarda hoy muchos años en llegar. 

La tasa de fecundidad en España bajó en 2011 una vez más: de 1,46 hijos por mujer a los 1,35 (datos provisionales del INE en verano de 2012). Está muy lejos de la necesaria tasa de repoblación de 2,1 hijos por mujer. Apenas había en España 10,2 nacimientos cada mil habitantes... y desde 1986 nunca se han superado los 11,4. 

martes, septiembre 17, 2013

MATRIMONIO VS COHABITAR

Convivir juntos antes de casarse se ve como un paso previo para conocerse mejor y así evitar las uniones desafortunadas. Pero la cohabitación no está exenta de sorpresas: a menudo sucede que, cuando ellas deciden formalizar la unión después de haber cohabitado, ellos no tienen particular interés en comprometerse de por vida. Así lo revela un estudio1 realizado por dos sociólogos del think tank RAND Corporation (1).
A partir de una muestra de 2.068 hombres y mujeres de 18 a 26 años, Michael Pollard y Kathleen M. Harris muestran que el nivel de compromiso de las parejas que cohabitan es menor que el de las casadas. Además, es más probable que tras meses o años de convivencia muchos varones sigan descartando un proyecto de vida en común permanente.
El 41% de los hombres que cohabitan afirman que no están “completamente comprometidos” con sus parejas, frente al 26% de las mujeres que declaran lo mismo. Entre los casados, estos porcentajes son mucho más bajos: el 18% entre los hombres y el 12% entre las mujeres.
Las parejas de hecho son las que más negro ven el futuro: el 52% de los varones y el 39% de las mujeres que cohabitan tienen dudas de que su relación sea estable. Estos porcentajes bajan al 19%, tanto para hombres como para mujeres, entre los casados.
La cohabitación antes de la sorpresa
Al comentar el estudio en The Atlantic2 (8-07-2013), el sociólogo estadounidense Bradford Wilcox hace tres advertencias a las parejas que se están planteando vivir juntas antes de casarse:
Hablar sobre el futuro. Este consejo interesa especialmente a las mujeres, pues son ellas las que tienen más probabilidad de descubrir que su pareja puede no estar interesada en un futuro común. Además, deben saber que para muchos jóvenes una relación larga de cohabitación puede ser un obstáculo antes que un paso previo al matrimonio o a la decisión de formar una familia.
Objetivos comunes. Como la cohabitación sirve para fines muy variados (un paso previo al matrimonio, una alternativa a casarse, una forma de ahorrar en el alquiler, una fórmula cómoda para tener relaciones sexuales…), uno puede encontrarse con la sorpresa de que el otro no busque lo mismo en la relación.
No “deslizarse” hacia el matrimonio. Hay algo peor, dice Wilcox, que convivir con alguien que no sabe hacia dónde va, y es casarse con él. Una investigación3realizada por tres psicólogos (2) muestra que un problema frecuente entre las parejas que cohabitan es el de “deslizarse” hacia el matrimonio, por la presión de la familia y los amigos o simplemente por inercia, en lugar de decidirlo conscientemente. Sin valores comunes y sin un sentido compartido del compromiso, estas parejas son más propensas a divorciarse.
Según esta investigación, el riesgo de divorcio es un 40% mayor entre las parejas que cohabitan que entre las que se casan sin cohabitar. El riesgo disminuye si se empieza a convivir con la meta clara del matrimonio, aunque es mayor que el de quienes fueron directamente al altar.
Pensando en las parejas que ven la cohabitación como un período de prueba, Wilcox concluye diciendo que prescindir del sentido del compromiso no es una buena manera de empezar a construir un matrimonio estable.
________________________________
Notas(1) Michael Pollard, Kathleen M. Harris, Cohabitation and Marriage Intensity. Consolidation, Intimacy, and Commitment, Working Papers WR-1001 (Rand Corporation, 2013).
(2) Scott M. Stanley, Galena Kline Rhoades, Howard J. Markman, “Sliding Versus Deciding: Inertia and the Premarital Cohabitation Effect”, Family Relations 55 (2006): 499-509.
  • 1 http://www.rand.org/pubs/working_papers/WR1001.html
  • 2 http://www.theatlantic.com/sexes/archive/2013/07/men-and-women-often-expect-different-things-when-they-move-in-together/277571/
  • 3 http://onlinelibrary.wiley.com/doi/10.1111/j.1741-3729.2006.00418.x/abstract

DATOS NUEVOS FAMILIAS MONOPARENTALES

El Centre for Social Justice (CSJ) fue fundado en 2004 por el actual ministro de Trabajo y Pensiones del gobierno de Cameron, Iain Duncan Smith. En sus informes sobre la sociedad británica ha dedicado particular atención a los factores sociales que provocan la pobreza. El informe publicado recientemente es el que con más profundidad ha fijado el foco en cómo las distintas estructuras familiares influyen en el desarrollo de la sociedad.
A la vista de los datos de este estudio, cabe afirmar que el Reino Unido padece una auténtica epidemia familiar, en la que resulta especialmente llamativa la progresiva desaparición del padre. Algunos números ilustran esta situación: más de tres millones de niños (aproximadamente un 25% de toda la población infantil británica) viven en hogares monoparentales; la proporción aumenta conforme a la edad del niño: a los 15 años, el porcentaje de niños en familias separadas llega al 45%; en cerca del 90% de estos hogares está ausente el padre, y 4 de cada diez niños criados solo por su madre (en total, cerca de un millón) apenas tiene contacto con su padre.
El informe se cuida de no hacer una valoración moral de la separación o el divorcio, pero recuerda que los niños criados en hogares monoparentales (madres separadas o solteras por elección) o con padrastros tienen dos veces más posibilidades de fracasar en el colegio, sufrir problemas de autoestima y de conducta. También aumenta la incidencia de embarazos juveniles, lo que a su vez está asociado a futuras familias frágiles. La proporción de hogares pobres es 2,5 veces mayor en los monoparentales que en los estructurados en torno a un matrimonio.
Un 25% de toda la población infantil británica vive en hogares monoparentales
El auge de la cohabitación es también un dato negativo para la estabilidad social, ya que –según los datos del informe– las parejas del Reino Unido en régimen de cohabitación tienen tres veces más probabilidad que los matrimonios de estar rotas (incluso si posteriormente se han casado) para cuando el primer hijo cumple cinco años. Los adultos que cohabitan sin compromiso matrimonial han pasado del 2% en 1960 al 16% actualmente; y este tipo de uniones ya representan una de cada cuatro familias con hijos.

martes, abril 30, 2013

MADRES SOLTERAS


“Madres solteras jóvenes”: en EE.UU. este concepto se encontraba ligado a adolescentes que habían quedado embarazadas en su etapa escolar. Debían enfrentarse solas a sacar adelante a su hijo o viviendo con sus padres y con la ayuda que estos les pudieran prestar. Según 1The Wall Street Journal, este concepto ha ido evolucionando a lo largo de las dos últimas décadas, ya que este tipo de embarazos en adolescentes ha disminuido un 42%.
Ahora, la típica “madre soltera joven” es una graduada de escuela secundaria al comienzo de sus veinte años que bien podría estar viviendo con el padre del bebé. Este tipo de embarazos han aumentado un 27% en los últimos veinte años.
Actualmente, del total de nacimientos, el 41% se producen fuera del matrimonio. De ellos, el 60% corresponden a mujeres veinteañeras mientras que solo el 20% son chicas menores de 20 años.
Al cumplir los 30 años, dos tercios de las mujeres estadounidenses ya han tenido su primer hijo, generalmente fuera del matrimonio. Esta situación provoca que el niño crezca en una situación inestable y de desventaja emocional frente aquellos que nacen en el seno de una familia constituida. De hecho, más del 40% de las parejas que tienen un hijo sin casarse rompen antes de que el hijo cumpla los cinco años, el triple que las parejas casadas a su misma edad y con hijo.
El crecimiento del número de madres solteras entre los 20 y 30 años refleja también la tendencia a retrasar el matrimonio. La edad media de contraer matrimonio está en su máximo histórico: 29 años en los varones y 27 en las mujeres. En el caso de que la mujer tenga estudios universitarios, la edad media asciende.
Este retraso también tiene efectos positivos, ya que ha dado a muchos jóvenes la oportunidad de terminar su educación y asentar su carrera profesional y su situación económica antes de formar una familia. Un ejemplo es que las mujeres con estudios universitarios que esperan hasta los 30 años para casarse tienen mayores ingresos –unos 10.000 dólares más al año– que las que se casan con 20-25 años. El retraso del matrimonio también ha contribuido a reducir la tasa de divorcios, que ha estado cayendo lenta pero constantemente desde 1980.

viernes, noviembre 18, 2011

MATRIMONIO Y PATERNIDAD


Un cambio legal con repercusiones de gran alcance

El coste de redefinir el matrimonio


En EE.UU. siguen las batallas políticas sobre el “matrimonio gay”. La última ha tenido lugar en el estado de Minnesota, donde la Cámara y el Senado han aprobado que en las elecciones de 2012 se someta a referéndum una enmienda constitucional para proteger el matrimonio entre hombre y mujer. En apoyo de esta propuesta, la Dra. Jennifer Roback Morse dirigió a la Cámara las siguientes consideraciones para hacer ver cómo la redefinición del matrimonio afecta a los niños, a la paternidad y a la intervención del Estado en la familia.



En lugar de unir los hijos a sus padres biológicos, el matrimonio del mismo sexo es el vehículo que separa a los niños de uno de sus padres

El objetivo público esencial del matrimonio es unir a madres y padres con sus hijos y entre sí. Para poder ver la importancia de este fin, debemos considerarlo desde la perspectiva del niño. ¿Qué hay que dar al niño? A diferencia de los adultos, el niño no necesita autonomía o independencia. El niño necesita que las dos personas que le trajeron a la vida se relacionen y cuiden de él.. Por lo tanto, el niño tiene un interés legítimo en la estabilidad de la unión de sus padres. Pero ningún niño puede defender estos derechos por sí mismo. Ni tampoco es posible restituirle estos derechos una vez que hayan sido violados. Los derechos del niño a la relación con sus padres y a que le cuiden deben ser apoyados activamente, antes de que el daño haya sido hecho.
Cambio niño por adultos
El matrimonio es la institución de la sociedad adulta que protege los intereses legítimos de los niños. Sin este propósito público, no necesitaríamos del matrimonio como una institución social específica.
Frente a esto a menudo se objeta que también hay matrimonios que no tienen hijos. Esto es verdad, pero todos los niños tienen padres. Privar a un niño de relacionarse con sus padres es una injusticia que se hace al niño, y no debería admitirse a menos que hubiera una razón convincente o inevitable. La objeción de que algunos matrimonios no tienen hijos pone del revés la razón fundamental del matrimonio. Ve al matrimonio estrictamente desde el punto de vista del adulto, en lugar de hacerlo desde la perspectiva del niño.

La alternativa al principio biológico para la determinación de la paternidad es el principio de que el gobierno decida quién es el padre

Para qué sirve el matrimonio
Las parejas del mismo sexo y las parejas heterosexuales son claramente diferentes con respecto al fin público esencial del matrimonio, y tratar cosas diferentes de forma diferente no es discriminación. Por eso en los pocos casos en que los tribunales han decidido que el no reconocimiento del matrimonio entre personas del mismo sexo es una discriminación ilegal, han atribuido al matrimonio fines que no tienen nada que ver con la procreación o con la unión de los hijos con sus padres.
Por ejemplo, el juez Vaughn Walker, quien falló contra la Proposición 8 en California, definió el matrimonio de la siguiente forma: “Matrimonio es el reconocimiento y la aprobación por parte del Estado de la decisión de una pareja de vivir juntos, estar comprometidos entre sí y formar un hogar basado en lo que sienten el uno por el otro, y a compartir su economía para apoyarse mutuamente y a los que dependen de ellos.”
Según esta definición, el matrimonio no tiene nada que ver con los hijos, con la permanencia, con la exclusividad sexual o incluso con el sexo: algunos compañeros de habitación en la universidad se podrían considerar casados según esta definición. El propósito público esencial del matrimonio se ha desvanecido y ha sido reemplazado por fines privados no esenciales. En lugar de ser una institución social fundamental, el matrimonio se convierte en nada más que un registro gubernamental de amistades, una inútil convención legal que francamente no merece ninguna ayuda o reconocimento del Estado.
Los mejores padres
Pero el niño también necesita unión con su madre y su padre. Algunas veces oímos afirmar que las investigaciones concluyen que las parejas del mismo sexo pueden ser buenos padres, como se pretende demostrar en un reciente estudio publicado en la revista Pediatrics [2010; 126:28-36]. Esta investigación se basó en los datos aportados por una muestra poco representativa de madres lesbianas de 78 adolescentes, información que no se puede considerar suficiente para establecer conclusiones generalizadas. Aun así, los titulares dijeron: “Las lesbianas son los mejores padres”. Y una revisión publicada en 2010 de 80 estudios admitió que hay muy pocas pruebas acerca de las parejas masculinas como padres [Journal of Marriage and Family, 2010; 72:3-22]. Sencillamente, no tenemos suficientes pruebas para extraer conclusiones del tipo “las lesbianas son los mejores padres”.
En el otro lado de la ecuación tenemos montones de datos que muestran que los niños necesitan un padre y de una madre [ver Why Marriage Matters: cfr. Aceprensa, 17-07-2002], y que el padre hace una contribución específica al bienestar de los hijos [ver D. Blankenhorn, Fatherless America: cfr. Aceprensa, 22-03-1995]. Las madres y los padres no son intercambiables, pero para cambiar la definición de matrimonio será necesario decir que sí lo son. De hecho, los tribunales están diciendo tonterías tales como que “la idea tradicional de que los hijos necesitan una madre y un padre para ser educados como personas sanas y equilibradas está basada más en un estereotipo que en cualquier otra cosa”. Esta declaración del Tribunal Supremo de Iowa [caso Varnum vs Brien] es simplemente falsa en cuanto afirmación general.
Nada más que biología
Pero el problema más significativo es cómo la redefinición del matrimonio afecta a otros aspectos del sistema legal y social.
El matrimonio del mismo sexo cambia la definición de la paternidad, como efecto colateral de la redefinición de matrimonio. Hasta ahora, el matrimonio ha hecho que la paternidad legal siga a la paternidad biológica, con algunas excepciones por adopción. La presunción legal de paternidad significa que se presume que los niños nacidos de una mujer casada son hijos de su esposo. Con esta norma legal, y con la práctica social de exclusividad sexual, el matrimonio une a los hijos con sus padres biológicos.
Por supuesto, las parejas del mismo sexo no pueden procrear juntas. Lo que se está llamando “igualdad matrimonial” requiere un cambio sospechoso de la “presunción de paternidad” a una “presunción de paternidad legítima” indiferente al género. Este juego de manos transforma la comprensión jurídica de la paternidad. La pareja del mismo sexo de un padre biológico nunca puede ser el otro padre biológico. En lugar de unir los hijos a sus padres biológicos, el matrimonio del mismo sexo es el vehículo que separa a los niños de uno de sus padres.
Pero la biología reclama sus prerrogativas, como está ocurriendo de hecho en algunos casos. Algunas mujeres que tienen niños con parejas del mismo sexo se dan cuenta de que compartir el cuidado de sus hijos con otra mujer no es tan sencillo como pensaron, y en realidad no es lo mismo que compartir estos cuidados con el padre del niño. Algunos hombres que acceden a ser donantes de esperma como “amigos”, se dan cuenta de que quieren tener con sus propios hijos una relación más estrecha de lo que habían pensado. Y algunos niños echan de menos al padre que les falta, hacen preguntas incómodas acerca de sus orígenes, y tienen la sensación de haber sido comprados [ver E. Marquardt et al., My Daddy’s Name is Donor: cfr. Aceprensa, 4-06-2010].
Los defensores de lo que llaman “igualdad matrimonial” frecuentemente responden que “eso no es más que biología”, como si la biología no fuera importante. Piden a la gente que dejen de lado su apegamiento natural de padres hacia sus hijos, la natural dificultad de tratar el hijo de otra persona como si fuera suyo, los deseos naturales de los hijos de saber quiénes son y de dónde vienen. Pero no se podrá suprimir indefinidamente todos estos sentimientos en todas esas personas.
El gobierno decide quién es el padre
Además de todos estos sentimientos inesperados, la redefinición del matrimonio tendrá consecuencias legales de gran alcance. Los tribunales están otorgando derechos de paternidad a individuos que no son ni padres biológicos ni padres adoptivos: vamos a llamar a estas personas los “no-padres”. Los tribunales y hasta algunos parlamentos están otorgando derechos de paternidad a no-padres, mientras que personas que responden a lo que es un padre están viendo disminuidos sus derechos de paternidad porque una vez tuvieron una relación sexual con alguien.
Para hacer esto, el Estado debe establecer indicios varios para determinar si la persona realmente merece el estatus de “padre de hecho”. El tribunal termina por escudriñar los detalles minuciosos de la vida en familia para determinar si la persona reúne todos los requisitos para ser un padre de hecho.
Seamos claros: la alternativa al principio biológico para determinar la paternidad es que el gobierno decida quién es el padre. En lugar de simplemente registrar la paternidad, el Estado la determinará, no solo en casos excepcionales sino como algo rutinario. Esto es lo que acabará significando “que el Estado no se meta en asuntos de matrimonio”.
En pocas palabras, redefinir el matrimonio como unión de dos personas en lugar de unión de un hombre con una mujer echa por la borda tres principios fundamentales: primero, el principio de que los niños tienen derecho a una relación con ambos padres; segundo, el principio biológico para determinar la paternidad; y tercero, el principio de que el Estado reconoce la paternidad, pero no la asigna.
No son cambios insignificantes. Hay que tener en cuenta que estas inquietudes no implican que alguien no sea digno del matrimonio, no hacen a nadie un “ciudadano de segunda clase”, y no menosprecian a nadie. Al cambiar la ley del matrimonio se cambia para todos, y se crean incentivos que pueden afectar el comportamiento de todos. Redefinir el matrimonio es un experimento social radical.
__________________________
La Dra. Jennifer Roback Morse es la fundadora y presidenta del Ruth Institute, un proyecto de la National Organization for Marriage. Es madre de un hijo adoptado y de otro natural, y, junto con su esposo, fueron una familia de acogida en el condado de San Diego durante tres años. El texto completo de su intervención se publicó en MercatorNet.com, 2-06-2011.

viernes, marzo 18, 2011

LA PAREJA, UNAS REFLEXIONES

Antoni Pedragosa
Corregirse desde el amor recíproco nos educa a vernos humildemente, como nos ve el otro

Hablar de la pareja siempre es un tema que resulta particularmente interesante. Es como una radiografía donde se ven los atractivos y las dificultades de la convivencia. El punto de partida de la pareja se produce a partir de un estado psicológico especial que llamamos "enamoramiento". En este estado, cada uno proyecta su ideal de pareja en el otro. Esto no permite ver con lucidez suficiente la realidad de este otro, tal como es. En esta situación los enamorados viven una inconsciente dosis de engaño. Todo lo ven de color de rosa y en la vida hay muchos más colores que ése.

Pero en todo caso, el enamoramiento da el primer impulso para empezar a construir un proyecto de vida en común. En este proceso es importante tener claro que el amor no es la fusión de dos personas como si fueran una sola. La relación no supera la diferencia entre el hombre y la mujer. Por mucho que se vayan conociendo seguirán teniendo opiniones, gustos, impulsos diferentes. Pero hemos de tener claro que eso no es ningún inconveniente, al contrario. En realidad, es posible construir un proyecto en común que aproveche estas diferencias irreductibles, como posibilidad de descentrarse de los deseos propios, para ir comprendiendo los sentimientos y los deseos del otro.

Aquí es donde se perfila la diferencia substancial que hay entre el enamoramiento y el amor al otro. Mientras que el enamoramiento nos auto gratifica, el amar al otro lo que intenta es gratificar a la persona amada, respetarla, ayudarla, escucharla, aceptarla tal como es; sin juzgarla, tratando de comprenderla. Eso es un proceso que exige diálogo, siempre desde la igualdad más absoluta, sin que nadie quiera imponerse o dominar a nadie. Desde este marco, se puede ir asumiendo la posibilidad de un compromiso más o menos estable. Aún así, esto no garantiza nada. La vida de pareja no se arregla de un día para siempre, sino que se ha de trabajar en el día a día. Es una forma de vida que requiere esfuerzo y exigencia, pero si se hace desde la generosidad y la gratuidad, nos hace descubrir paisajes interiores magníficos, imposibles de imaginar sin el firme compromiso de hacer feliz al otro. La vida de pareja exige confianza plena. Eso no quiere decir estar de acuerdo en todo, sino que las discrepancias o los deseos que no coinciden no han de ser motivo de enfrentamiento. Al contrario, han de ser oportunidad para un diálogo profundo, motivo de intercambio de los sentimientos más íntimos, motivo de puesta en común de los deseos de cada uno.

En este ámbito, la pareja como tal va madurando y está en condiciones de dar tres pasos más. El primero, el reconocimiento y aceptación de las propias limitaciones; el segundo, respetar unos ciertos espacios de independencia y de soledad, no sólo para cultivar la propia interioridad, sino para rehacerse del esfuerzo que implica una convivencia generosa; y el tercero sería aquel punto que pone a prueba nuestra madurez humana: decirse mutuamente aquello que no va bien, aquello que podría mejorar. Si no estamos preparados para oír nuestros defectos, mejor no hacerlo porque suele acabar con intercambio de reproches. Corregirse desde el amor recíproco nos educa a vernos humildemente, como nos ve el otro. Éste es un momento sagrado que pone a prueba nuestra capacidad de convivencia.

sábado, marzo 20, 2010

COHABITACION Y RIESGO RUPTURA

Firmado por Aceprensa
Fecha: 9 Marzo 2010

A menudo se dice que la cohabitación permite a los futuros marido y mujer conocerse mejor y evitar así las uniones desafortunadas. Sin embargo, el Centro Nacional de Estadísticas Sanitarias de Estados Unidos revela una realidad distinta: las parejas que cohabitan antes del matrimonio son más frágiles.

Las parejas que viven juntas antes de casarse tienen, de media, una probabilidad 6 veces mayor de romperse antes de que lleguen a los 10 años de convivencia. En cambio, las expectativas de duración de la pareja mejoran si empezaron a convivir cuando ya estaban casados.

El estudio refleja también el aumento espectacular de la cohabitación en Estados Unidos. A partir de una muestra de 12.571 mujeres y hombres de 15 a 44 años, los autores señalan que el porcentaje de mujeres que rozan la cuarentena y han cohabitado se ha duplicado en 15 años hasta llegar al 61%.

“Mientras la cohabitación sigue siendo un camino hacia el matrimonio entre las clases altas, las mujeres de bajo nivel de renta tienden a verla como un punto de llegada”


Otro dato interesante es que la mitad de las parejas que empiezan cohabitando se casan a los tres años. Si los dos miembros de la pareja tienen estudios superiores, es probable que se casen antes y que su matrimonio dure por lo menos 10 años.

Para Nelly A. Musick, profesora de análisis social en la Universidad de Cornell, los resultados del estudio sugieren que hay una brecha abierta entre ricos y pobres respecto a la concepción del matrimonio. “Mientras la cohabitación sigue siendo un camino hacia el matrimonio entre las clases altas, parece que las mujeres de bajo nivel de renta tienden a ver la cohabitación cada vez más como un punto de llegada”, explica Musick.

Las actitudes sociales hacia la cohabitación también difieren en función del sexo. Entre los encuestados, el 62% de las mujeres de 25 a 44 años estaban casadas y sólo el 8% cohabitaban. En cambio, el porcentaje de hombres casados desciende hasta el 59% y el de la cohabitación sube al 10%.

Un último hallazgo significativo del estudio es que las mujeres que a la edad de 14 años no vivían con sus padres biológicos o adoptivos son menos proclives a casarse que aquellas que crecieron con su padre y su madre.

Menor compromiso

La publicación de estas estadísticas confirman las conclusiones de otros estudios que en su día fueron bastante polémicos. Investigaciones realizadas hace más de una década revelaban no solo que las parejas de hecho se rompen más que los matrimonios, sino que también aquellos que se casan después de haber cohabitado son más proclives a divorciarse que quienes fueron directamente al altar.

En un estudio publicado en 1999, dos conocidos sociólogos estadounidenses, David Popenoe y Barbara Dafoe Whitehead, del National Marriage Project de la Universidad Rutgers, afirmaban que “una atenta revisión de los datos que proporcionan las ciencias sociales sugiere que vivir juntos no es una buena manera de prepararse al matrimonio ni de evitar el divorcio”.

Según los autores, las personas que han vivido antes con otras parejas muestran un compromiso menos firme. “Toleran menos la insatisfacción y dejarán romperse un matrimonio que podría haberse salvado”, dicen Popenoe y Whitehead (“Should We Live Together? What Young Adults Need to Know about Cohabitation before Marriage”