jueves, marzo 06, 2008

LA DEFENSA DE LA FAMILIA Y SUS VALORES

Rafael Navarro Valls afirma que “ningún estado europeo o americano ha aprobado un conjunto de leyes similares a las españolas, que hayan alterado tanto la ecología familiar”

Redacción - 06/03/2008
El catedrático de Derecho Eclesiástico y secretario general de la Real Academia de la Jurisprudencia y la Legislación, Rafael Navarro Valls, ha analizado para Análisis Digital el estado actual de España y ha comentado que algunas leyes aprobadas durante esta legislatura ya están erosionando el tejido social y sus efectos se notarán a corto y medio plazo

¿Qué significa ser de izquierdas? ¿Y qué significa ser de derechas en el Siglo XXI?

Existe una especie de sincretismo político en el que la izquierda, a secas, tiende a desplazarse topológicamente hacia el centro. Este desplazamiento (hoy se habla más de centro-izquierda que de izquierda) viene producido probablemente porque durante décadas el socialismo real (comunismo) fue la “quintaesencia de los sueños de la izquierda”. El despertar de la utopía con la caída del muro y el hundimiento del socialismo real en los países del Este fue traumático. Como se ha dicho: “en 1989 la izquierda descubrió que el sueño producía la penuria de las libertadas y, accesoriamente, el de los bienes“.

Si en la izquierda se observa un cierto pudor terminológico, en la derecha hay un auténtico pánico a ser calificado con tan desnudo adjetivo. No olvida que en sus aledaños surgió el dragón fascista, lo cual la izquierda lo aprovecha disparando y calificando de fascista todo lo que se mueva a su derecha. De ahí la tendencia de la derecha –paralela a la de la izquierda- de calificarse de “centro-derecha”. Sin embargo, han surgido políticos sin complejos (Reagan,Tatcher etc) para quienes los de “derechas” “son aquellos capaces de hacer lo que los de izquierda se limitan a seguir debatiendo”. Para otros, el dilema consistiría en elegir entre “una izquierda que ofrece justicia con tumulto y una derecha que ofrece orden con desigualdad”. Yo opino que hay dos derechas y dos izquierdas. La izquierda y derecha moderadas consideran la historia como una continuidad en la que el género humano progresa poco a poco desde lo francamente intolerable a lo simplemente aceptable. La derecha e izquierda utópicas consideran la Historia como una alternativa de catástrofe y salvación , en la que la revolución llevaría a la humanidad a un nuevo cielo y a una nueva tierra. En una palabra: el centro de la derecha y de la izquierda creerían en perfeccionamientos progresivos; sus alas extremas en soluciones totales y utópicas. Desde mi punto de vista hoy es absolutamente necesaria la colaboración entre las exigencias de equidad que oculta el ideal igualitario y los imperativos de dignidad que oculta el esfuerzo por la libertad. Ambos son valores que hay que llevar al juego político.

¿Por qué la derecha conservadora es tan timorata a la hora de plantear al electorado la necesidad de respetar ciertos principios morales?

Probablemente porque la presión del laicismo radical le hace olvidar que el ideal sobre el que bascula hoy la democracia, esto es, la igual dignidad y responsabilidad de personas con talento, clase o fortuna desiguales, es un ideal de origen cristiano, posteriormente secularizado. Olvida –por ignorancia histórica- que la historia real del laicismo -por ejemplo en Francia- está lleno de ejemplos de atentados contra la libertad, de líderes religiosos arrestados, de propiedades de esos grupos incautadas por el Estado. No deja de tener razón Michael Burleigh cuando, después de estudiar rigurosamente el fenómeno, concluye que: “Dado que en la historia del laicismo europeo hay periodos oscuros, incluido un genocidio cometido en nombre de la Razón, quizá las personas religiosas deberían mostrarse menos a la defensiva de lo que suelen frente a los ataques de algunos laicistas radicales”. En una palabra, existen muchas personas llenas de buena intención que se amilanan ante las arremetidas de lo “políticamente correcto” que desemboca en lo que viene llamándose el “antimercantilismo moral”. Una especie de temor a entrar en el juego de la libre concurrencia de las ideas y los valores morales. Miedo que esconde cierta desesperanza con respecto a la fuerza atractiva de los valores, de lo que cada uno tiene por bueno. Al convertirse en premisa social - o , mejor, del aparato ideológico que la manipula- la idea de que sólo es presentable en la sociedad una moral light, dispuesta a transigir en sus creencias, las personas que mantienen convicciones morales profundamente arraigadas inmediatamente son marcadas con la sospecha de la intolerancia, es decir, con el estigma de un latente peligro social. Sospecha que les lleva con demasiada frecuencia a esa posición, que Tocqueville llamaba la “enfermedad del absentismo”, por la que el hombre se repliega sobre sí mismo encerrándose en su torre de marfil, ajeno e indiferente a las ambiciones, incertidumbres y perplejidades de sus contemporáneos, mientras la gran sociedad sigue su curso. Una posición, en suma, que significa complejo de inferioridad fruto de una lamentable ignorancia.

Hablando de moral, ¿cómo valora usted las leyes sociales aprobadas durante esta legislatura?

En el mundo occidental hoy España representa un país anómalo. Ningún estado europeo o americano ha aprobado un conjunto de leyes similares a las españolas, que hayan alterado tanto la ecología familiar. Pensemos en la ley de matrimonio entre personas del mismo sexo. Con esa anomalía jurídica España se alinea con esos tres o cuatro países –de un total de 182 representados en la ONU- que han planteado, entre otras cosas, un verdadero problema de derecho internacional privado. Al tiempo, la llamada ley de divorcio “al vapor” es otra anomalía en el panorama mundial que permite a los tres meses de matrimonio romper la unión sin alegación de causa. Con esta ley, el matrimonio se convierte en el único contrato del Derecho español que puede ser disuelto sin causa que lo justifique. El problema de esta reforma es que no altera solamente lo que podríamos llamar “la salida del matrimonio”, también modifica la perspectiva de su “ingreso”. Quiero decir, que cuando alguien se casa sabiendo que el plus de fidelidad y permanencia de su unión es bajo, invierte poco en ella, la trivializa. A estas leyes se suman las de identidad sexual, que permite el cambio de sexo sin operación quirúrgica o la de investigación biomédica con permisión de clonación terapéutica, práctica contraria a la recomendaciones de la ONU, por citar algunas otras. Este conjunto de leyes están ya erosionando el tejido social. Sus efectos se notarán a plazo medio e incluso corto.

¿Por qué la izquierda en general no resiste una crítica ética que proceda de la Iglesia o de los ambientes católicos?

Depende de la izquierda a la que se refiera. Por ejemplo, cuando Clinton se instaló en la Casa Blanca, uno de los temas que le abrumaban era el maltrato que la familia americana había recibido de la politica. Decía: “Creo firmemente en la separación entre la Iglesia y Estado, pero también creo que ambos hacen valiosas contribuciones a la fortaleza de nuestra nación, y que en ocasiones pueden cooperar para el bien común, sin violar la Constitución”. Esto explica por qué tanto la derecha como la izquierda americana ha escuchado respetuosamente la declaración conjunta que han hecho los obispos norteamericanos al iniciarse la campaña electoral en marcha hacia la Casa Blanca . Por contraste, en España, el gobierno no ha encajado bien las críticas hechas desde planteamientos éticos por los obispos. Es otra anomalía en Occidente. Hace unos años, Desmond Tutu mostraba su oposición a una serie de medidas no estrictamente razonables del Gobierno de turno. Su argumentación giraba sobre textos bíblicos. Nadie se extrañó –salvo los que se sintieron aludidos– de que un clérigo hiciera pacíficamente referencia pública al respeto a los derechos humanos. De hecho, poco después recibía el Premio Nobel, y hoy es una de las personalidades llamadas por el Gobierno español para colaborar con la la Alianza de Civilizaciones. Años antes un pastor baptista, Martin Lutero King, hacía una apasionada defensa de los derechos humanos, extrayendo sus ideas “de mi formación cristiana”. Una muchedumbre cercana al millón de personas escuchó en Washington su pacífica “homilía” (“¡He tenido un sueño!”), basada en la convicción de que todos somos hijos de Dios. Salvo los que se sintieron concernidos, la comunidad americana y la internacional le escuchó respetuosamente, concediéndole también el Premio Nobel. Cuando Juan Pablo II se opuso al conflicto iraquí, sus razonamientos, desde los derechos humanos y la fe cristiana, fueron atentamente ponderados, aunque con la natural reserva, por aquellos que enviaron las tropas. Podría traer a colación otros ejemplos de personalidades eclesiásticas que han defendido postulados que contradecían valores y reglas de convivencia emanadas de leyes positivas que se habían dado determinados Gobiernos y sociedades. El tiempo demostró que la legitimidad sustancial, muchas veces, estaba con ellos, frente a la simple legitimidad formal parlamentaria. Y es que también los Estados tienen esqueletos en el armario, en materia de derechos humanos. En realidad, la reivindicación de una verdad “trascendente” con la cual se critica el dato de hecho que supone la existencia de ciertas reglas jurídicas injustas, no está en modo alguno en contradicción con el reconocimiento de la legitimidad o la autonomía del proceso democrático, significa tan sólo que el poder (aun apoyado en la mayoría) y el Derecho no quedan automáticamente equiparados.

1 comentario:

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