lunes, mayo 29, 2006

EMPATIA

Victoria Cardona
La empatía
Vivir la empatía consiste en hacer el esfuerzo para reconocer y comprender
los sentimientos y actitudes de las personas, así como las circunstancias
que los afectan en un momento determinado.
Todo ser humano necesita tejer a su alrededor relaciones humanas
satisfactorias, tanto las familiares como las ajenas a este ámbito. El
bienestar emocional depende, en buena medida de la capacidad que se tenga
por conseguir este objetivo. Es seguramente la comprensión de los
sentimientos de los demás la llave para una convivencia satisfactoria, a
parte, desde luego, del conocimiento de la propia manera de ser, que incluye
calidades y limitaciones. Toda esta comprensión no depende de la simpatía,
que nace muchas veces espontáneamente, sino de lo que denominamos empatía.
Ciertamente que, cuando "calzamos los zapatos" de los demás y andamos juntos
un rato estamos siendo empáticos. Gandhi nos lo recordaba cuando decía: "las
tres cuartas partes de las miserias y malos entendidos en el mundo se
acabarían si las personas se pusieran en los zapatos de sus adversarios y
entendieran su punto de vista". ¿No se comprenderían mejor las alegrías y
preocupaciones de los familiares y amigos y estaríamos más capacitados para
animar y ayudar si nos pusiésemos en su sitio?
Recuerdo una joven amiga mía que me explicaba que a medio hablar de un
problema suyo con su madre, ésta (seguro que con muy buena voluntad) la
había interrumpido diciéndole: "no te preocupes con el tiempo esto se
arregla". El caso es que aquella joven no se había notado nada comprendida,
necesitaba de la empatía y del conocimiento de su madre de la totalidad de
su problema pero la confidencia y la comunicación había quedado recortada.
Lo que le sucedió a mi joven amiga con su madre es parecido a la situación
de aquel pobre enfermo que a punto de ir al quirófano, por una operación de
riesgo, se le dice con cara alegre (también con muy buena voluntad): "todo
se resolverá inmediatamente", cuando lo que necesita es una persona que le
dé soporte y, le dé la mano para darle cariño y comprender su sufrimiento.
Podría ser habitual que no supusiera ningún problema expresar lo que
sentimos o tratar conflictos, cuando el interlocutor es un amigo o un
compañero de trabajo, en el caso de que haya una buena sintonía, pero se
puede hacer más complicado con algún familiar; la convivencia del día a día
puede ser mas costosa Sería deseable y casi parece natural que entre
familiares no hubiera problemas de convivencia. La realidad es que los hay,
algunas veces hay falta de entendimiento o discrepancias que afectan mucho
más.
Los vínculos que dan el calor familiar hacen que se cree un vínculo afectivo
que no se encuentra en otros entornos. Cuando encontramos que tenemos la
sensación de mala relación con algún familiar, el dolor es más fuerte;
incluso nos puede afectar la salud. A este respecto, John Cacioppo, profesor
de Psicología de Chicago escribe: "Las relaciones más importantes en
nuestras vidas y las que más incidencias parece que tienen sobre la salud
son las que mantenemos con las personas que convivimos cotidianamente".
A menudo quisiéramos resolver un problema familiar y nos preguntamos el por
qué de aquella situación incómoda: "¿por qué no puedo comunicarme con este
hijo, con mi marido, con mi esposa?", o bien "¿por qué los nervios no le
dejan o no me dejan razonar?" La respuesta la encontraremos reflexionando
para entender y saber que es lo que realmente se necesita en aquel momento:
¿...observar callar, esperar, buscar el momento oportuno para hablar, tener
la empatía suficiente para leer emocionalmente al más próximo?
La comprensión que dedicamos a la familia y a los demás es la mejor garantía
para vivir la empatía, esta habilidad que nos ayuda al bienestar en la
convivencia.

miércoles, mayo 10, 2006

NECESIDAD DE MODELOS

En un reciente congreso de filósofos y pensadores de ámbito internacional se
analizaron diversas cuestiones relativas a las corrientes de pensamiento
actualmente más en boga. Una de las conclusiones más unánimes se refería a
algo que quizá, a primera vista, puede parecer muy simple. Podría resumirse
en que el atractivo de la persona individual tiene mucha fuerza, más que las
doctrinas y que las ideologías.

Que lo normal es seguir a las personas, más que a las ideas. Y ese
natural deseo de emulación, muchas veces casi imperceptible, no es algo que
se reduzca a los niños, o al seno de la familia, o a la educación.

Siempre, pero quizá más en tiempos de controversias ante los
valores, emerge con fuerza inusitada el hombre concreto, el modelo
individual. Más que ideas generales, se buscan modelos humanos vivos,
personalidades concretas que sirvan de referencia. Se escriben y se venden
infinidad de biografías. Se buscan vidas que, por su categoría humana o
espiritual, sean dignas de admirar o imitar. La gente no quiere teorías,
busca la elocuencia de las obras.

A la hora de pensar cuáles son los modelos humanos con los que
tienen oportunidad de identificarse nuestros hijos, podríamos analizar
algunos aspectos interesantes.

Los primeros formadores Por ejemplo, Chesterton decía que los
profesores son las primeras personas adultas distintas de sus propios padres
que el niño conoce con cierta continuidad. Y que, por tanto, de ellos es
quizá de quienes más aprenda a hacerse adulto. Desde luego, una razón de
peso para elegir bien el colegio al que va.

Primero sus maestros, y después sus profesores, tienen un gran
protagonismo en su educación. Porque hasta el simple trato humano tiene ya
un gran poder formativo o deformativo.

De todas formas, quizá de unos años a esta parte ha aumentado la
influencia de otros muchos modelos. Un deportista famoso, una cantante, o el
protagonista de una película o de una serie de televisión, pueden producir
en los chicos una fuerte tendencia a asumir detalles que consideran
atractivos en el carácter de esas personas. Y lo malo es que a veces esos
modelos son muy poco positivos.

Quizá de ahí arranque la falta de pautas morales válidas en la vida
de algunos jóvenes. Es decisivo que quien está a punto de ser hombre o de
ser mujer tenga ante sus ojos modelos atractivos y logrados, de modo que
adquieran así criterios de estimación válidos. El entorno es muy importante.

A veces lo notan los padres cuando sienten, con dolor, que parece
que a los ojos de sus hijos lo menos importante es lo que dicen sus padres.
Es una actitud muy propia del adolescente y contra la que resulta difícil
luchar de frente. Quizá de modo indirecto puede hacerse más. Muchas veces no
basta con charlar con ellos y procurar hacerles razonar, porque quizá su
autosuficiencia adolescente les retrae de hablar confiadamente con sus
padres.

Un entorno favorable ¿Qué hacer entonces si los hijos son ya
adolescentes? Por tu parte, todo lo que puedas; pero quizá, considerando
esto de los modelos y del entorno, procura también que tus hijos tomen
contacto con personas que puedan hacerles bien. Por ejemplo, resumiendo lo
que hemos tratado, puede ser positivo:

1. procura elegir bien el colegio y habla con frecuencia con el
preceptor o tutor;


2. haz algo por ir conociendo a sus amigos, para poder así darle de vez
en cuando algún buen consejo, delicadamente y respetando su libertad;


3. procura, siempre que sea posible, que la televisión se vea en casa
de modo familiar: una película bien elegida puede ser una espléndida ocasión
para provocar una tertulia donde conozcamos el modo de pensar de nuestros
hijos y el eco que tiene en ellos lo que han visto;


4. aplica tu imaginación para que los chicos tomen contacto con ideas y
actitudes sensatas;


5. haz lo posible para que se muevan en un ambiente favorable al buen
desarrollo de su personalidad: por ejemplo acudiendo a un club juvenil donde
puedan pasarlo bien de forma sana, hacer buenos amigos en un ambiente
adecuado y recibir una ayuda en su formación;


6. evita esos lugares de vacaciones o de fin de semana donde resulta
tan fácil verse envuelto en un ambiente de personas con planteamientos
inadecuados sobre los modos de divertirse (es sorprendente el porcentaje de
alumnos que vuelven irreconocibles a clase después de un verano
desafortunado); etc.

Si en las edades clave falla el entorno, de poco sirven los
razonamientos teóricos con los hijos. Decía Confucio que no son las malas
hierbas las que ahogan la buena semilla, sino la negligencia del campesino.
Un colegio equivocado, un lugar de veraneo de bajo nivel moral, o una
indigestión habitual de televisión indiscriminada, por ejemplo, pueden echar
por tierra muchos esfuerzos hechos en casa por mantener limpias las mentes
de los chicos.

Si no se actúa sobre el entorno, puede suceder como en aquel dicho
del cadáver en la piscina: "Mientras no se saque el muerto, de poco vale
echar cloro".

martes, mayo 09, 2006

EDUCACION

Como han demostrado las técnicas más avanzadas, la educación del niño
comienza incluso antes de su nacimiento. Ya en el útero percibe y resulta
influido por los estados de ánimo de la madre: sobre todo por el cariño con
que lo acoge o, si fuera el caso, por la ansiedad o incluso el rechazo que
su gestación provoca. En consecuencia, los meses que vive en el seno materno
son bastante decisivos para el despliegue de su carácter y personalidad.

Y, como insinuaba, lo que marca «la diferencia» es la serenidad y el gozo de
la madre, influidos a su vez, y en ocasiones determinados, por la actitud
del padre hacia su futuro hijo y por la delicadeza y el mimo con que trata a
su esposa: los detalles de cariño más allá de lo habitual; el esfuerzo con
que facilita su reposo, supliéndola si es preciso en tareas que de ordinario
realiza ella; la comprensión y el apoyo incondicional ante las
preocupaciones que, sobre todo las primeras veces, provoca el embarazo; los
ratos tranquilos de reposada conversación e intercambio de opiniones; los
«sueños» y «novelas» que forjan sobre el hijo que va a venir...

* Llantos y rabietas

Hacia los nueve meses de haber sido procreado, una vez que ve la luz del
mundo, conviene prevenirse ante un miedo excesivo a que el niño llore; no es
necesario cogerlo inmediatamente en brazos y acunarlo. El llanto es parte de
su lenguaje y hay que aprender a interpretarlo a tenor de las
circunstancias. Puede tratarse de malestar, hambre o de incomodidad; pero
también de impaciencia, de melancolía, de rabia o de capricho.

En este caso, aun cuando resulte muy difícil de aplicar, está vigente de un
modo especialísimo la que puede considerarse como primera y más fundamental
norma de toda educación: el bien del hijo es mucho más importante y debe ser
tenido más en cuenta que el nuestro: que nuestra tranquilidad, que nuestra
«buena conciencia», que la sensación de «estarlo haciendo bien» y poniendo
todos los medios a nuestro alcance, que el hecho de evitarnos un mal rato...

Aplicado al caso concreto que acabo de mencionar, y con la prudencia que la
situación exige, el «saber aguantar» durante algunos días el llanto del
chiquillo, aunque sintamos que se nos parte el corazón, puede constituir uno
de los bienes de más calibre que le otorgamos en esos primeros años:

a) porque el pequeño, al advertir -¡y lo advierte, aunque nos resulte
difícil de creer!- que los padres no los toman en cuenta cuando no tienen un
motivo justificado, eliminará esos lloros... saliendo él mismo a corto plazo
beneficiado; y

b) porque los padres, liberados de las tensiones que esa excesiva atención
genera, mantendrán la imprescindible y reconfortante calma y estarán más
descansados y en mejores condiciones de transmitir al recién nacido esa
misma tranquilidad y de atenderlo con paz y eficacia cuando verdaderamente
lo requiera.

* Dejarle hacer... y crecer

A medida que se va abriendo al mundo, el niño experimenta una apremiante
necesidad de moverse, de probar, de explorar, de comunicar. Esto reclama de
los padres no poca paciencia. Sin duda, para la madre, es más cómodo y menos
«arriesgado» darle de comer, lavarlo, vestirlo...; pero entonces, en lugar
de desarrollar el espíritu de iniciativa y la autonomía del pequeño,
disminuye su autoestima, favorece su pereza, e incluso puede provocar la
denominada oposición negativa: irritación, agresividad, o bien inseguridad,
abulia, rechazo a crecer...: el niño está recibiendo el mensaje de que «no
es capaz» de realizar unas acciones que realmente sí puede -¡y debe!- llevar
a cabo por sí mismo.

En definitiva, los educadores han de saber adaptarse un tanto para que
florezcan en el niño el gusto y la alegría de sentirse activo y útil. Lo
cual constituye otro de los principios más radicales de la educación...
también muy difícil de poner por obra, y que cabría enunciar así: lo que la
persona que intentamos formar pueda hacer por sus propios medios, debemos
permitir (o incluso exigir) que lo realice... aun cuando eso lleve consigo
una cierta zozobra por nuestra parte, ante la inseguridad del resultado o
incluso el descalabro que pueda originar; una aparente pérdida de tiempo,
puesto que nosotros lo haríamos antes y mejor; un mayor esfuerzo, ya que
resulta mucho más penoso -¡pero también más formativo!- enseñar a realizar
algo («hacer hacer») que efectuarlo uno mismo, etc.

Solo ofreciendo «oportunidades de desarrollo» ponemos a nuestros hijos en
condiciones de que efectivamente crezcan... y experimenten el sano orgullo
de que no «están de sobra», sino que tienen una función en este mundo.

* Para superar el egoísmo

Es también tarea de los padres ayudar al niño a ir saliendo de su natural
egocentrismo. A veces deberán soportar sus insistentes peticiones y retrasar
el cumplimiento de lo que desee. De lo contrario, si ceden de inmediato a
sus caprichos lo estarán preparando para una «insatisfacción crónica» de por
vida.

Hoy en día no es infrecuente que los padres, muy ocupados por otros
menesteres, «sustituyan» la atención personal a sus hijos por regalos y
concesiones, anticipándose incluso a que ellos los soliciten. De esta
suerte, en lugar de transmitirles la convicción de que son unos
privilegiados y deben estar agradecidos porque, además de la vida, han
recibido y reciben de continuo y gratuitamente muchos bienes de los que
otros tantos niños carecen, creamos en ellos el convencimiento de que
«tienen derecho a todo».

Y, así, no solo los transformamos en unos déspotas o pequeños tiranos, sino
que cuando, con el correr del tiempo, les sean negados justamente
privilegios o beneficios que en realidad no merecen, se sentirán
tremendamente frustrados e incluso albergarán una especie de resentimiento
universal ante esa sociedad que les niega sus «derechos». ¡Y no digamos nada
si llegan a ser objeto de alguna auténtica injusticia...!

Otorgar al niño cuando es pequeño todos sus antojos, no enseñarle a privarse
incluso de lo que a veces le es necesario, equivale a destinarlo a un futuro
de continuo desengaño, de infelicidad e incluso de depresión inducida.

* Fomentar su justa independencia

En los primeros años, la relación madre-hijo es un idilio de ternura,
absolutamente imprescindible también para el bebé. Son ya muchos los
experimentos que prueban que los niños que crecen al amparo de sus madres,
incluso en situaciones límite como podría ser una prisión, se desarrollan
mejor desde el punto de vista físico y psíquico que aquellos otros atendidos
por especialistas en las mejores condiciones materiales... pero privados del
calor y la ternura que solo una madre puede aportar.

Sin embargo, a medida que el niño crece también la relación debe cambiar:
con el paso del tiempo la madre ha de modular su insaciable deseo de mimos,
besos y caricias... y nunca, si se diera el caso, intentar sustituir las
injustísimas desatenciones de un marido rutinario y apoltronado por las del
hijo: el amor a este solo puede ejercer plenamente sus funciones
beneficiosas cuando es el resultado y la prolongación del que los padres se
tienen entre sí.

Por otro lado, si no sabe controlarse, la madre puede hacer que más tarde
sus hijos se sientan insuficientemente queridos, pues las carantoñas que de
críos les satisfacían ahora les resultan incluso molestas. Y que desarrollen
a su respecto una actitud ambigua, pero siempre negativa:

a) por un lado, no son capaces de separarse de ella y valerse por sí mismos;
y

b) , por otro, al percibir que le resultan indispensables, la tiranizan y la
maltratan.

2. Los primeros años de escuela

«Ya voy a la guardería»

La entrada en el colegio o la guardería puede representar un momento
delicado en la vida del niño y repercutir sobre el futuro rendimiento
escolar. No es raro que los padres vivan el comienzo de las clases del chico
con ilusionada satisfacción, como el inicio de una gran carrera (y a veces
como una «liberación» de los cuidados del niño, que les roba parte de su
tiempo). Pero el chiquillo tal vez la vivencie como la salida de su
incontrastado reino infantil. La consecuencia puede ser un rechazo claro e
inconsciente, que en ocasiones se manifiesta en aparente retraso o en
concretas incapacidades escolares.

Los padres han de saber conjugar con prudencia el incremento de las
atenciones al chico, que en ningún caso debe sentir que ha sido abandonado,
y la fortaleza para hacerle comprender que inicia una nueva etapa y para que
la viva con todas sus consecuencias, evitando las concesiones indulgentes
(«hoy hace frío, mejor que no vayas a la escuela», «la profesora no te trata
bien», «tus compañeros son malos»...), que nacen de una malentendida
compasión y ningún bien originan al chiquillo.

* Compartir sus experiencias

En cualquier caso, es oportuno hablar a los niños del colegio o del jardín
de infancia antes de que comiencen a asistir a él, pero sin el exceso de
énfasis que lo convertiría en un suceso de vital importancia...
incrementando las repercusiones negativas que a veces (¡no es necesario que
ocurra!) ese cambio puede provocar.

Más bien, con picardía y mano izquierda, habría que lograr que los críos lo
deseen como una fuente de satisfacciones y de intereses y nuevos logros:
conocer a futuros amigos, aprender cosas que hasta el momento no sabían,
desarrollar habilidades antes inexistentes, empezar a «ser mayores» porque
ya son capaces de valerse por sí...

Salta a la vista el error de utilizar la escuela como advertencia
correctiva, diciendo por ejemplo, «¡Me gustaría verte cuando estés en el
colegio, entonces sí que te harán portarte como debes!». No solo se haría
muy difícil que los chicos sintieran atracción hacia aquello que aún
desconocen, sino que los padres que así razonan estarían minando de raíz su
propia autoridad y ascendencia.

* No dejar de ser padres

Resulta muy conveniente conocer el colegio de nuestros hijos junto a ellos y
acompañarles en las emociones que experimentan. Asimismo es importante,
dentro de las posibilidades de cada familia, escoger bien el centro
educativo. Entre los criterios de elección, hoy más que nunca resulta vital
la existencia de un clima lo más recto (y cristiano) posible, propicio para
el desarrollo humano y espiritual de los chicos: pero sin olvidar jamás que
ni siquiera el mejor de los colegios exime a los padres de su compromiso y
actuación educativa: conocer bien a sus hijos, tratarlos, orientarlos o
re-orientarlos...

De hecho, uno de los factores que mayor daño está causando en las nuevas
generaciones es la actitud combinada de:

a) unos padres que, con más o menos conciencia y voluntariedad (y de
ordinario por dejadez presuntamente «justificada» por la falta de tiempo),
reniegan de su condición de educadores natos e insustituibles, siempre
responsables del desarrollo de sus hijos; y

b) ciertos gobiernos que se arrogan el derecho de educar como algo propio
-no delegado de los padres-, y manipulan la educación con fines de
partido... a veces en oposición neta a los ideales y convicciones de las
familias que les han encomendado a sus hijos, incluso en temas -como la
educación religiosa o de la sexualidad- de exclusiva competencia
paterno-materna.

* Mostrarse disponibles

También en esta etapa, para conocer bien al niño, además de observarlo, hay
que conversar con él, lo cual implica auténtica y no fingida
disponibilidad... aunque esto implique un recorte de nuestros caprichos, de
nuestro merecido descanso, o incluso de nuestro trabajo (no, sin embargo,
salvo en situaciones muy excepcionales, de la atención debida al otro
cónyuge... que acabaría por repercutir negativamente en el propio niño) .

No será tiempo perdido que la madre ¡y el padre! dediquen de vez en cuando
un rato por las noches a hablar con el hijo una vez acostado. A menudo,
estos momentos favorecen la confidencia. Escuchad sus preguntas, acaso
inesperadas, sin nerviosismos o deseos de superar cuanto antes el mal trago.
Intentad responder con gracia y pertinencia, aprovechando la ocasión para
reforzar el nexo afectivo que lo anime más tarde, cuando se presenten
dificultades y problemas mayores, a dirigirse a vosotros con confianza. O
simplemente cantad juntos, contaos chistes y divertios, pues el clima de
alegría y buen humor es una de las claves más determinantes en la educación
y en la buena marcha de cualquier familia.

* La tele y otros «intrusos»

Una vez en este punto, no cabe olvidar un personaje importante de la
«familia», de enorme incidencia educativa: la televisión y todos sus
«derivados o sucesores», como el ordenador, Internet, las videoconsolas...

Personajes que nos invaden, que ejercen una fuerte sugestión y tienden a
aislar al espectador, provocando incluso enfermedades psíquicas ya bien
comprobadas y, en cualquier caso, alejándolo de la realidad concreta en que
de hecho se mueve.

Multitud de estudios ponen de manifiesto los daños causados por el excesivo
protagonismo de la televisión, en especial entre los niños. Son corrientes
las quejas de los padres ante el influjo negativo que estos y otros medios,
que las modas y los usos sociales... ejercen sobre sus hijos. Sin embargo,
habría que tener en cuenta una «ley» casi física: el ambiente exterior
«entrará» en el hogar en la proporción exacta en que nosotros lo dejemos
vacío; por el contrario, si sabemos llenar nuestra vida de familia, resulta
prácticamente imposible que en ella «se cuele» nada inconveniente, por la
sencilla razón de que no quedará espacio libre...

De ahí que los padres, sabiendo aprovechar también cuanto de positivo ofrece
la nueva tecnología, deban en primer término llenar el hogar no sólo de
cariño, sino de actividades mucho más provechosas, atrayentes y educativas
que las que nos ofrecen de ordinario esos otros medios: excursiones en
común, tertulias amenas y formativas, «clubes» de papiroflexia, de juegos de
manos, de lectura o teatro, juegos entre los hermanos o con sus amigos... y
un largo etcétera, que depende de las habilidades y aficiones de cada cual.

Claro que todo ello requiere esfuerzo y dedicación por parte de los padres,
mientras que instalar a los chicos delante de la tele o la videoconsola los
deja en libertad para dedicarse a sus cosas... o para instalarse también
ellos delante de la caja boba o del ordenador.

Por eso, y porque la atracción de tales medios es muy fuerte, los padres
-además de dar ejemplo de sobriedad en su uso- han de ejercitar una cierta
disciplina y vigilancia, evitando sobre todo que los breves momentos de vida
familiar de las comidas sean sacrificados al pequeño ídolo de la televisión,
eligiendo los programas más convenientes y estableciendo un horario o alguna
otra regla práctica para la utilización de la tele y aparatos similares.

Por otro lado, a medida que los hijos crezcan, les ayudará el cultivar su
sentido crítico, su sensibilidad ética y su buen gusto, hablando juntos de
los programas, juzgándolos y seleccionándolos mediante un intercambio de
ideas que, en lugar de sustituirlo, estimule el diálogo familiar.

3. La adolescencia

* ¡Llegó el momento tan temido!

El día en que el niño más afectuoso, bueno y simpático se torne arisco,
rebelde, insolente, contradictorio e insoportable, no hay ni que asustarse
ni que preguntarle por qué actúa de ese modo, ni que llevarlo al médico.
Simplemente hay que caer en la cuenta de que ha entrado en la pubertad, edad
ciertamente crítica... «sobre todo para los padres».

Digo esto con cierta ironía, pero con total convencimiento. El hecho de que
en mi hogar haya habido hasta siete adolescente -¡seis de ellos
simultáneos!-, junto con la observación de lo que ocurre en familias amigas,
me ha conducido a advertir con claridad que, por decirlo de manera un tanto
paradójica, la adolescencia está «pensada» sobre todo para que los padres
maduremos, crezcamos como personas y, en definitiva, avancemos en el camino
de la santidad, más fiados en Dios que en nuestras propias fuerzas.

Sobre todo cuando, en buena parte como fruto de nuestro empeño, los hijos
han llevado una vida que nuestros amigos califican como «ejemplar», el ver
que al llegar a cierto tramo del camino parece que «se nos van de las manos»
y empiezan a adoptar actitudes que no son de nuestro gusto, constituye un
medio eficacísimo para «devolvernos a nuestro sitio»: sobre todo, para
descubrir de veras -y no solo en teoría- que es Dios el auténtico forjador
de su carácter y para abandonarnos en Sus manos, sabiendo que Él los quiere
mucho más y mejor que cualquiera de nosotros.

Aclarado lo cual, hay que reconocer que la adolescencia acarrea también
problemas al chico y a la chica. Pero tal vez convenga tener en cuenta que,
para ellos, está llena de fascinación, además que de malestar y molestias;
de expectativas, además que de inseguridades; de sueños, además que de
temores... En cualquier caso, cuidémonos mucho de olvidar que todos los
chicos y las chicas tienen derecho a llegar a ese periodo y «navegar y
naufragar» durante un tiempo en él... como asimismo hemos llegado -y hemos
salido- cada uno de nosotros.

* Un periodo de crecimiento

La transformación de esos años es a la vez fisiológica y espiritual. En esa
edad se cae en la cuenta de ser «persona», dotada de vida interior; se
descubre y se escruta la propia intimidad con la fascinación y el temor con
que se explora un territorio nuevo, que además nos pertenece por completo.
De aquí la extrema atención del adolescente hacia su «yo» que puede parecer
egoísmo y narcisismo.

Todo lo cual, con independencia de los inconvenientes que de ordinario lleva
aparejados, es fundamentalmente positivo. Como veremos de inmediato, el
chico o la chica están alcanzando por ver primera, en el ámbito psicológico
y ético, la estricta condición de persona... aun cuando de un modo todavía
muy imperfecto y repleto de zozobras y ambigüedades.

Vale la pena no perder de vista esta perspectiva, lo mismo que el carácter
normalmente pasajero de esta etapa, si queremos eliminar dramatizaciones que
solo conseguirán hacer más oscura y dolorosa la senda que nuestros hijos
están transitando.

* Dejando de ser niños... para comenzar a ser «otra cosa»

Por lo común, la adolescencia comienza a los once o doce años para las
chicas, y uno o dos años más tarde para los chicos, y dura de dos a cuatro
años. Aunque en la actualidad, y sobre todo en algunos lugares, tiende a
adelantar su comienzo... y a retrasar su término, hasta el punto de que se
han vuelto comunes expresiones como «eternos adolescentes», padres y
madres... o incluso abuelos que no han abandonado esa condición.

De ordinario, según apunté, se trata de una crisis de crecimiento y
emancipación: todo en el adolescente le impulsa a no seguir siendo ese niño
que hasta ahora los suyos conocían, pero tampoco desea ser un adulto según
los modelos que tiene frente a él: rechaza ser como se querría que llegara a
ser, y teme transformarse en un ideal que de hecho anhela al tiempo que
desconoce. Por eso intenta, antes que nada, «no ser».

De ahí el espíritu de contradicción, que es en el fondo la única posible
forma provisional de ser algo completamente nuevo... que no sabe bien qué
es. Por eso el adolescente puede rechazar de los adultos hasta las más
mínimas observaciones, consejos, peticiones de información sobre sus
actividades, juicios sobre su comportamiento: en todo siente la amenaza de
ser definido y él querría ser indefinible.

* ... y acabar siendo ellos mismos

Existe, sin embargo, otra razón de fondo y tremendamente positiva para ese
repudio universal. Hasta el momento, con los matices pertinentes, el chico o
la chica se han guiado por lo criterios paterno-maternos o, en todo caso,
exteriores a ellos.

Mas obsérvese bien: el único modo de que tales normas lleguen a ser propias
-cosa del todo necesaria para una existencia adulta y responsable- es
recusar por completo todo aquello que se considera ajeno e impuesto, para
construir y apropiarse su personal escala de valores.

Por lo común, si desde el nacimiento hasta el momento de la crisis la
educación del chico ha sido la adecuada, si ha habido diálogo e interés real
por parte de los padres, si se ha huido de la imposición arbitraria y
razonado los motivos de cada comportamiento... el joven acabará adoptando
como propias -en el más hondo sentido de la expresión- unas directrices
similares a las de su familia, aunque mucho más maduras.

De lo contrario, resulta difícil prever en qué puede desembocar todo el
proceso. De ahí que convenga prestar atención a dos verdades muy serias,
pero que expresaré con un toque de humor:

a) ningún hijo «nace» adolescente; tenemos al menos diez años antes de la
etapa temida para ganarnos su amistad y poner las bases de una personalidad
sana y coherente;

b) en los tiempos que corren, ningún padre debería preocuparse gravemente
por un hijo hasta que, pasada la barrera de los cuarenta, aún no hubiera
sentado cabeza.

* ¿Contradictorios e incomprensibles?

Dando un buen salto atrás, la edad fronteriza de la adolescencia suele ir
acompañada de un humor inestable y de irritabilidad: casi ningún adolescente
se encuentra a gusto, antes que nada, con la persona que le resulta más
cercana e inevitable: él mismo.

Por otro lado, las manifestaciones externas de cariño por parte de los
mayores parecen molestar al adolescente, que se siente tratado como un crío,
pero al mismo tiempo es muy susceptible respecto a cualquier falta de
atención o muestra de indiferencia: casi sin advertirlo, proyecta sobre la
actitud de los adultos el concepto empobrecido y ambiguo que tiene de sí
mismo.

En su pretensión de ser esa persona mayor que aún ignora, se defiende de la
propia sensibilidad y de la necesidad de ternura ostentando dureza y
cinismo.

Ya no es la edad de las grandes amistades, sino del grupo: parece que solo
en él, entre sus semejantes, interpretando todos el mismo papel con tácita
complicidad, se siente seguro.

* Lo que podemos hacer

a) Crecer nosotros mismos Una vez que se toma conciencia de todo esto, ¿cómo
comportarse con un adolescente para poder vivir juntos y ayudarle?

Ante todo con mucha más madurez que él. Como aplicación muy concreta de lo
que antes sostenía -que la adolescencia está pensada más que nada para los
padres-, cuando el muchacho o la muchacha cambia nosotros no podemos
quedarnos atrás: debemos cambiar con ellos, pegar un auténtico estirón, dar
un salto de calidad.

Si el adolescente ya no quiere salir con nosotros, si comienza a mostrarse
cerrado y molesto, es menester que nuestra presencia se haga más discreta y,
sobre todo, evitar cualquier reproche por no ser ya cariñoso o simpático...
«¡cómo cuando eras más pequeño!».

Habrá que estar atentos y tener detalles con él, pero sin hacerlos pesar ni
darle nunca la impresión de que se le vigila o se está mendigando su cariño.
Es normal que no venga a mostrarnos su intimidad. De nada sirve decirle que
se abra, que la madre o el padre son sus mejores amigos. Habrá que buscar
las ocasiones de diálogo y de confidencia -habitualmente muy breves,
circunstanciales y esporádicas- pero sin jamás forzarlas.

b) Y ayudarles a crecer El justo deseo de autonomía que se desarrolla en el
adolescente debe ser bien apreciado y favorecido, sin demasiado miedo,
aunque también sin confundir autonomía con ausencia de lazos.

Para él es importante sentir que goza de nuestra confianza, que se le
estima. Los padres, por otro lado, no han de presuponer en su comportamiento
una intención malévola que en realidad no existe, siendo más bien fruto del
mismo desconcierto del chico.

De ordinario, no es oportuno suprimir las causas de su inseguridad o de sus
preocupaciones, resolviéndole nosotros sus problemas. A menudo una ayuda no
necesaria significa de hecho una limitación y una humillación para quien la
recibe. El resultado sería un aumento de su ambivalente y nunca
voluntariamente manifestada sensación de insuficiencia, que le impediría
aprender por medio de su experiencia personal. Por eso, cuando se estime
oportuno proporcionarle un apoyo extra, es bueno que él busque junto con
vosotros la solución y se sienta responsable de lo decidido.

Actuando de esta forma, la adolescencia, en la que no cabe evitar
sobresaltos y turbulencias, podría muy bien transcurrir sin esos «visos
dramáticos» que a menudo la acompañan... y culminar con una maduración nada
traumática y bastante definitiva del chico o de la chica.

domingo, mayo 07, 2006

IDEAS VS VALORES

En un reciente congreso de filósofos y pensadores de ámbito internacional se analizaron diversas cuestiones relativas a las corrientes de pensamiento actualmente más en boga. Una de las conclusiones más unánimes se refería a algo que quizá, a primera vista, puede parecer muy simple. Podría resumirse en que el atractivo de la persona individual tiene mucha fuerza, más que las doctrinas y que las ideologías.

Que lo normal es seguir a las personas, más que a las ideas. Y ese natural deseo de emulación, muchas veces casi imperceptible, no es algo que se reduzca a los niños, o al seno de la familia, o a la educación.

Siempre, pero quizá más en tiempos de controversias ante los valores, emerge con fuerza inusitada el hombre concreto, el modelo individual. Más que ideas generales, se buscan modelos humanos vivos, personalidades concretas que sirvan de referencia. Se escriben y se venden infinidad de biografías. Se buscan vidas que, por su categoría humana o espiritual, sean dignas de admirar o imitar. La gente no quiere teorías, busca la elocuencia de las obras.

A la hora de pensar cuáles son los modelos humanos con los que tienen oportunidad de identificarse nuestros hijos, podríamos analizar algunos aspectos interesantes.

Los primeros formadores Por ejemplo, Chesterton decía que los profesores son las primeras personas adultas distintas de sus propios padres que el niño conoce con cierta continuidad. Y que, por tanto, de ellos es quizá de quienes más aprenda a hacerse adulto. Desde luego, una razón de peso para elegir bien el colegio al que va.

Primero sus maestros, y después sus profesores, tienen un gran protagonismo en su educación. Porque hasta el simple trato humano tiene ya un gran poder formativo o deformativo.

De todas formas, quizá de unos años a esta parte ha aumentado la influencia de otros muchos modelos. Un deportista famoso, una cantante, o el protagonista de una película o de una serie de televisión, pueden producir en los chicos una fuerte tendencia a asumir detalles que consideran atractivos en el carácter de esas personas. Y lo malo es que a veces esos modelos son muy poco positivos.

Quizá de ahí arranque la falta de pautas morales válidas en la vida de algunos jóvenes. Es decisivo que quien está a punto de ser hombre o de ser mujer tenga ante sus ojos modelos atractivos y logrados, de modo que adquieran así criterios de estimación válidos. El entorno es muy importante.

A veces lo notan los padres cuando sienten, con dolor, que parece que a los ojos de sus hijos lo menos importante es lo que dicen sus padres. Es una actitud muy propia del adolescente y contra la que resulta difícil luchar de frente. Quizá de modo indirecto puede hacerse más. Muchas veces no basta con charlar con ellos y procurar hacerles razonar, porque quizá su autosuficiencia adolescente les retrae de hablar confiadamente con sus padres.

Un entorno favorable ¿Qué hacer entonces si los hijos son ya adolescentes? Por tu parte, todo lo que puedas; pero quizá, considerando esto de los modelos y del entorno, procura también que tus hijos tomen contacto con personas que puedan hacerles bien. Por ejemplo, resumiendo lo que hemos tratado, puede ser positivo:

procura elegir bien el colegio y habla con frecuencia con el preceptor o tutor;


haz algo por ir conociendo a sus amigos, para poder así darle de vez en cuando algún buen consejo, delicadamente y respetando su libertad;


procura, siempre que sea posible, que la televisión se vea en casa de modo familiar: una película bien elegida puede ser una espléndida ocasión para provocar una tertulia donde conozcamos el modo de pensar de nuestros hijos y el eco que tiene en ellos lo que han visto;


aplica tu imaginación para que los chicos tomen contacto con ideas y actitudes sensatas;


haz lo posible para que se muevan en un ambiente favorable al buen desarrollo de su personalidad: por ejemplo acudiendo a un club juvenil donde puedan pasarlo bien de forma sana, hacer buenos amigos en un ambiente adecuado y recibir una ayuda en su formación;


evita esos lugares de vacaciones o de fin de semana donde resulta tan fácil verse envuelto en un ambiente de personas con planteamientos inadecuados sobre los modos de divertirse (es sorprendente el porcentaje de alumnos que vuelven irreconocibles a clase después de un verano desafortunado); etc.

Si en las edades clave falla el entorno, de poco sirven los razonamientos teóricos con los hijos. Decía Confucio que no son las malas hierbas las que ahogan la buena semilla, sino la negligencia del campesino. Un colegio equivocado, un lugar de veraneo de bajo nivel moral, o una indigestión habitual de televisión indiscriminada, por ejemplo, pueden echar por tierra muchos esfuerzos hechos en casa por mantener limpias las mentes de los chicos.

Si no se actúa sobre el entorno, puede suceder como en aquel dicho del cadáver en la piscina: "Mientras no se saque el muerto, de poco vale echar cloro".

miércoles, abril 12, 2006

TELEVISIÓN

Televisión.

De su uso excesivo pueden derivar muchas deficiencias, como por ejemplo la pérdida de tiempo, la tele adición, la carencia de creatividad, la pasividad, el aburrimiento, la carencia de comunicación entre los miembros de la familia, etc. Por esto, es evidente que tenemos que proponernos dedicar tiempo para enseñar a ver programas (que no es el mismo que "ver
televisión") de una forma razonable y acordada.

Destacaremos cuatro conceptos prácticos para hacer buen uso de la
TV:
Acompañar
1. Ver los programas con los hijos e hijas: Es bueno acompañar a las criaturas, estar a su lado, para hacerles distinguir realidad de ficción. Cuando son pequeños, les gusta mucho que les expliquen el significado de lo que ven y también es conveniente hacerles preguntas sensatas para saber los efectos que les produce lo que han visto. De más grandes, está demostrado que ayudar a tener espíritu crítico y establecer un diálogo sobre lo que se ha visto juntos los va animando a saber escoger, lo cual es muy importante para su formación humana.

No es la niñera 2. No tener la televisión como una "niñera
electrónica": No puede ser de ningún modo que la televisión sea la que cuide a nuestras criaturas. Esto es especialmente importante para aquellos padres y madres que no pueden estar en casa cuando sus hijos llegan de la escuela y no se pueden ocupar de la selección de los programas. Sabemos que muchos programas pueden denigrar la dignidad humana y que las imágenes de la publicidad sirven para tener deseos desmesurados de consumo, etc. Nadie, y menos la televisión, puede quitar el derecho a los progenitores de educar a los suyos.

Conocer contenidos antes 3. No hacer zapping: La
costumbre de cambiar continuamente de canal no educa la distinción que se tiene que hacer de los diferentes programas que se han previsto ver. Tampoco podemos fiarnos de que los espacios llamados infantiles sean los adecuados para nuestros hijos. Muchos pueden incitar a la violencia, al lenguaje vulgar, a la superficialidad. La única solución para no hacer zapping, es enterarse bien de la programación y de sus contenidos.

Otras opciones 4. Ir creando en casa una videoteca con
películas y documentales de temas interesantes para todos los miembros de la
familia: Esta sería una tarea a hacer y un buen objetivo para vivir los encargos, que ya se ha comentado en los artículos de educación de la responsabilidad. Los hijos de más edad se podrían ocupar de grabar documentales que favorecieran el amor a la naturaleza, programas de manualidades, competiciones deportivas, películas infantiles o juveniles. Se trata de la ilusión por colaborar en una actividad de ocio, pero que nunca seria la única, y que padres y madres sabrán buscarle otras alternativas con imaginación y sentido común.

Remitido

miércoles, marzo 29, 2006

HIJOS MUCHOS O POCOS?

Antes, como lo de tener hijos era algo natural, había menos exigencias. Ahora, desde lo de la paternidad responsable, los hijos te pueden pedir cuentas sobre si has sido suficientemente responsable a la hora de tener determinado número de ellos.

Por José Luis Olaizola. Premio Planeta

La cuestión se formula en los siguientes términos: si usted tiene demasiados hijos, no les puede dar lo mismo que si sólo tiene uno, dos…, como mucho tres. Incluso hay sesudos sociólogos que cuantifican muy bien el problema, hasta con fórmulas algebraicas. Por ejemplo: si usted pertenece a la clase media, o es funcionario público, o ejerce una profesión liberal, o es dueño de un establecimiento comercial, y tiene dos hijos, podrá darles estudios superiores, subvencionarles cursos de inglés en el extranjero y pagarles la entrada de un piso de dos habitaciones, salón comedor y cocina. Es decir, les facilita el ser felices de mayores. Pero si tiene tres, ya no podrá pagarles la entrada del piso, y si tiene cuatro no digamos.

Esta digresión se me plantea como consecuencia de un artículo escrito hace unos meses, en el que sostenía que no hacía falta que nuestros hijos supieran montar a caballo, ni realizar múltiples actividades extraacadémicas para que fueran felices. Pero cometí la imprudencia de rematar el artículo con una interrogante: ¿Entonces qué nos aconseja usted? Y efectivamente, algunas lectoras de TELVA, con encantadora ingenuidad, me preguntan: ¿qué nos aconseja usted para que nuestros hijos sean felices? Si yo fuera capaz de contestar a esa pregunta, sería el hombre más sabio del mundo. Para salir del paso suelo contestar que quererlos mucho y que ellos se sepan queridos.

Pero en un coloquio en el que me tocó participar recientemente, una de las asistentes, no conforme con tan elemental respuesta, insistió en saber cómo había que quererles, y si se podía querer lo mismo a muchos que a pocos hijos, y hasta qué punto el exceso de hijos no limitaba sus posibilidades formativas, ni les privaba de un razonable bienestar material. Un lío. Lo único que quedó claro es que en los tiempos que corren el problema no es de exceso de hijos, sino de defecto, sobre todo en España, en el que ustedes las mujeres están quedando fatal en lo que a fecundidad se refiere, con una tasa del 1,6, la más baja de la Comunidad Europea.

A tal extremo han llegado las cosas que, según una encuesta realizada por la Universidad de Valencia, lo que más echan de menos los niños españoles son hermanos con quienes jugar. Eso ya lo tenía comprobado yo en mi familia, y en las familias colaterales que arrancan del mismo tronco. Cada vez que alguna de las mujeres de mi vida se queda en estado se produce una auténtica conmoción, y cuando el niño nace, el estallido de alegría es épico. Una de mis hijas mayores ha tenido dos hijos, y como tiene serios problemas para tener más, ha iniciado complejos trámites para adoptar niños colombianos. ¿Por qué colombianos? Porque hay más y hasta se pueden adoptar de dos en dos. Esto último es lo que pretendía mi hija, pero su marido le ha convencido que es mejor probar de uno en uno. Los que más encantados están son sus dos hijos (de 14 y 12 años), ante la idea de tener un nuevo hermano. A mí, dado el amor que tengo por aquellos países, no me desagrada la idea de convertirme de la noche a la mañana en el abuelo de un indito chibcha, guajiro o mulato.

¿Qué pasa?, podrían preguntarme, ¿es que es usted partidario de la familia numerosa? En esta ocasión sí tengo respuesta: ni soy ni dejo de ser, pero vivo inmerso en ella por los siglos de los siglos. Nací el pequeño de nueve hermanos y, a su vez, he tenido nueve hijos. Por tanto, sólo sé cómo se vive en el seno de familias numerosas, y mi impresión es que no se vive mal del todo. A veces la convivencia resulta compleja, ardua, pero en ningún caso aburrida.

Volviendo al tema que nos ocupa: ¿qué hace falta para que los hijos sean felices? Pues, según la citada encuesta de la Universidad de Valencia, ya hemos visto que hace falta que tengan hermanos, pues si no, sobre todo en las grandes ciudades, se sienten aislados y acaban buscando la compañía que menos les conviene: la de la televisión indiscriminada. Pero según el mismo estudio, el 98 por 100 de los niños encuestados (entre 4 y 14 años) lo que más les atrae es estar con sus padres. Y aquí viene la gran paradoja: muchos padres bien intencionados, pero un tanto despistados, se pasan mucho tiempo fuera de casa, trabajando, y no quieren tener más de uno o dos hijos, para poder darles de todo. De todo menos lo que parece ser que los niños quieren: más hermanos y más compañía suya.

martes, marzo 21, 2006

Premios y Castigos

Si apruebas el examen te compro un regalo", "No, hoy no ves la tele, estáscastigado". ¿Te suenan? A veces ya no sabes qué hacer para que tu hijo secomporte de una determinada manera. Es entonces cuando recurres al premio oal castigo, aunque no siempre son eficaces ni actúan de manera inmediata. Entodo caso, se trata de recursos que debemos emplear con prudencia para queden resultados. Tanto los premios como los castigos no tienen una prensa demasiado buenaen algunos sectores de población. Ofrecer premios a los hijos es comoreconocer un fracaso, es como si, al fallar como educadores, tuviéramos querecurrir al "sucedáneo" de los premios que, más que educar, adiestran. Los castigos, por el contrario, no suelen dar tanta sensación de fracaso.Incluso socialmente son aceptados como padres responsables aquellos quecastigan a sus hijos. De algún modo, se reconoce que el castigo sí esinstrumento educativo, para terminar admitiendo que tampoco sirve de muchoporque el hijo tiene unas inclinaciones tales que no hay nada que hacer. Yse le va dejando de castigar y se acepta como irremediable "su manera deser". Los premios y castigos son instrumentos eficaces en situaciones en lasque el proceso educativo sufre desviaciones, paradas o retrasos. Sonsituaciones críticas y patológicas en las que el tratamiento habitual que sesuministra en el proceso educativo, que son buenas dosis de ejemplos,persuasión y reflexión no surten efecto y es necesario restablecer un ciertoequilibrio. Un remedio será pues seguir una medicación adecuada basada enpremios y castigos, además, claro está, de actuar en algunos otros frentes. Premios y castigos, aunque afectan sólo a la conducta externa y, portanto, pueden no influir en la personalidad íntima, generan un ambiente quefacilita la comunicación entre las personas de la familia o mejora lascapacidades de la persona. Ambos aspectos son elementos facilitadores de laeducación. ¿No es cierto que será más fácil la educación de los hijos si,con ayuda de algún premio y algún castigo, conseguimos que mantengan elorden en sus cosas y usen ciertos modales? ¿No será lo mismo si conseguimosque estudien y mejoren su capacidad de razonamiento? Retomando el símil de premios y castigos como medicinas, evidentemente suuso no puede ser indiscriminado ni generalizarse. Al igual que cualquiermedicamento, es preciso adecuar su administración a la necesidad concretadel paciente y tener en cuenta sus contraindicaciones y efectos secundarios. En resumen, los premios y castigos son recomendables y adecuados si seusan como medios temporales de obtención de logros y siempre de formaapropiada. Lea, por favor, las instrucciones de uso.

PREMIOS.
Instrucciones de uso. Tipos de premios: Premios previstos. Son las recompensas pactadas que se ofrecen si sepresenta la conducta que se espera. El deseo de conseguirlas ayuda a regularla conducta. Premios imprevistos. Se conceden sin previo aviso como reconocimiento auna conducta deseable. Puede producir efecto en la persona que lo recibe yen las que lo observan. Ambos relacionan las conductas deseables con larecompensa. Premios por entregas. Son los que mantienen el interés más vivo, alconcederse puntos o vales acumulables cuando se producen pequeños logros. Alalcanzar una cierta cantidad, se logra el premio. Premios liberadores. Permiten liberarse de alguna tarea desagradable. Composición de los premios: De base afectiva. Consisten en expresiones afectivas de los padres, comoabrazos, felicitaciones, lugares preferentes en la mesa o en el coche... De base material. Consisten en posesiones materiales, como diversosobjetos o dinero. Relacionados con la autonomía. Ofrecen más libertad o autonomía paragestionar el dinero, el tiempo, el espacio... Orientaciones de uso: Definir bien lo que se espera y el premio que se puede conseguir. Luegocumplir lo pactado. Proporcionar premios acordes con el esfuerzo realizado y con lasposibilidades razonables de la familia. Plantear la obtención del premio a corto plazo para los más pequeños. Proponer premios alcanzables. Sólo son útiles si se confía enalcanzarlos. Efectos secundarios: Evitar su uso prolongado y variado porque crea adicción y no se actuarási no es a cambio de premios. Modifica la conducta pero no necesariamente las actitudes y motivaciones,por lo que hay que combinarlos con otras acciones educativas.

CASTIGOS.
Instrucciones de uso. Tipos de castigos: Castigos previstos. Son las consecuencias desagradables que aguardan comorespuesta a una conducta inaceptable determinada. Castigos imprevistos. Son consecuencias desagradables que se otorgan sinprevio aviso ante conductas indeseables. Tratan de evitar que se repita laconducta. Castigos con oportunidades. Se ofrece un castigo si se da una conducta,pero se concede la oportunidad de rectificar en dos ocasiones antes derecibirlo. Composición de los castigos: De base afectiva. Consisten en expresiones afectivas negativas por partede los padres como reprimendas, amonestaciones, alejamiento físico,silencio, caso omiso... De base material. Suponen pérdida de ingresos, multas, no poder usar algo(TV, equipo de música, bicicleta...) o quedarse sin alguna posesión. Relacionados con la autonomía. Restringen o privan de la libertad desalir, reducen el tiempo de ocio, exigen quedarse inmóvil, prohiben algunasrelaciones... Orientaciones de uso: Elegir los castigos con prudencia. Los castigos han de cumplirse, por loque un castigo absurdo o que no se cumple produce el efecto contrario. Ser proporcionado a la conducta. Cuanto más indeseable, más severo. Ser severo, es decir, ha de ser verdaderamente desagradable ya que sisólo supone una ligera molestia, se puede acabar aceptando la molestia comoun mal menor. Buscar castigos relacionados con la conducta indeseable. Así, porejemplo, si se es descuidado y se estropean las cosas, se han de arreglar;si la conducta es molesta, se tiene que aislar... Procurar que el castigo se acepte como algo merecido y se entienda queayudará a mejorar.

AVISO IMPORTANTE: NUNCA LOS CASTIGOS PUEDEN ATENTAR CONTRA LOS DERECHOS YLA DIGNIDAD DE LOS NIÑOS

Efectos secundarios: Pueden aumentar la conducta indeseable. En algunas ocasiones, los hijosbuscan llamar la atención de los padres y, al no conseguirlo con unaconducta deseable, les basta con que les prestemos atención mediantecastigos por las indeseables. En este caso está directamente contraindicadosu uso. Si el castigo se ve desproporcionado, injusto o absurdo, puede generarsentimientos de aversión, venganza y resentimiento. Como consecuencia, esprobable que no se evite la conducta indeseable. También estarácontraindicado su uso en estas circunstancias. Dejo para el lector la elección del tratamiento más adecuado a lasdiferentes situaciones que se le presentarán. Y, de todas formas, en caso deduda, consulte a un especialista (profesor o psicólogo), es la persona másadecuada para facilitarle toda la información complementaria.

José María Lahoz García. Pedagogo (Orientador escolar y profesional),Profesor de Educación Primaria y de Psicología y Pedagogía en Secundaria

viernes, marzo 17, 2006

FAMILIA VS ESTADO JOSE PEREZ ADAN

La Familia y el Estado frente a frente

Un rasgo común a todos en todas las familias y que tendremos que resaltar será la extrañeza. La familia nos une a los humanos en la extrañeza, que es lo mismo que decir que lo que nos distingue a todos y cada uno de nosotros es que pertenecemos de distinto modo a distintas familias: en la distinción entre propios y extraños cabemos todos y en la medida en que intentemos suprimirla supremimos algo identitario nuestro y por tanto nos suprimimos a nosotros mismos.

No nos cabe duda de que hemos de repensar el discurso uniformista de la igualdad. Desde el punto de vista del Estado todos somos o debemos ser iguales, pero desde el punto de vista de la familia no lo somos. Creo que esto hay que decirlo con la boca grande: la exclusión que implica la extrañeza familiar es tan humana como la inclusión que supone la referencia a poderes constituidos con legitimidad de origen y procedimiento. La extrañeza familiar no es algo accidental a la vida social, más bien al contrario es el eje sobre el que se vertebra. No podemos presentarla como una excepción o accidente cultural de carácter más o menos temporal.

En este sentido es necesario contestar el interesado y cínico discurso igualitario que hace el estado para que no se reconozca ningún otro tipo de potestad legítima aparte de la suya. Plantándonos ante el estado en la defensa de la discriminación legítima que supone el reconocimiento con todas sus consecuencias del sujeto familiar hacemos un servicio al bienestar colectivo en la medida en que subrayamos lo que hay de más humano en nosotros.

En este esfuerzo nos topamos aquí con una de las lacras más penosas del liberalismo práctico: su concepción materialista de la igualdad. En esto el comunismo y el liberalismo están mucho más cercanos de lo que parece. En ambos casos el sujeto individual, en uno por imposición y en otro con libertad, asume su condición en base a criterios cuantitativos. Sin embargo, para una concepción no materialista de la igualdad se han de tener en cuenta necesariamente las necesidades espirituales y trascendentes, es decir los afectos, el altruismo solidario, la equidad generacional, etc., necesidades estas que se manifiestan propiamente en la familia y que ni el estado ni el mercado por sí solos ni en común pueden satisfacer.

Un liberal objetará enseguida que si desdibujamos al individuo estamos arrinconando su libertad. No es verdad. Afirmando la familia estamos al mismo tiempo afirmando al individuo pues es precisamente en la apuesta por las capacidades como nos encontramos a la postre con individuos libres. La introducción de las capacidades en el debate moderno se lo debemos a uno de los pocos Nóbel en economía no neoliberales de los últimos 20 años: Amartya Sen. Sen habla de capacidades donde antes solo se hablaba de necesidades y si bien él se refiere a ciertos intangibles de la acción de gobierno en el fomento del desarrollo de los pueblos como puede ser la educación, observamos que las capacidades humanas se nutren y llenan fundamentalmente en la familia.

Es la familia la que nos capacita mediante el cumplimiento cabal de sus funciones para ser los individuos que somos o podemos llegar a ser. Esta capacitación familiar se basa, a diferencia de otras capacitaciones como la que procura la enseñanza obligatoria, en criterios de complementariedad y no de reciprocidad. En la familia, podemos decir que afortunadamente, se nos trata y capacita de manera distinta porque se nos conoce diferenciadamante con criterios de calidad que apuntan también necesidades no materiales.

Naturalmente la contraparte de este apoyo mutuo que se da en la familia es la extrañeza: el hecho de que el apoyo no es transferible universalmente. Este hecho puede verse como negativo solo si lo observamos de modo superficial o lo enfocamos con un prejuicio cuantitativo. Pero si entendemos la extrañeza como la contrapartida necesaria a que seamos tomados en cuenta como portadores de necesidades que son también de naturaleza no material, veremos la extrañeza como algo positivo. Yo no quiero ser amado o querido por mis padres como son queridos por ellos los hijos de los demás: quiero, necesito, ser querido como su hijo, y ello es lo mismo que decir que los demás sean queridos como extraños. La distinción entre propios y extraños es esencial y ella es a la postre necesaria para aspirar a la igualdad. Una igualdad que está basada en el desarrollo de las capacidades que se realizan en el entorno familiar y no solo en el desempeño de las funciones del estado.

Y es que sin familia, nosotros los humanos no seríamos comunicables, no nos podríamos enriquecer mutuamente, seríamos o intentaríamos que los demás fuesen nuestros replicantes, como muy bien decía Harrison Ford en Bladerunner al explicarle a su compañero que distinguiría a los replicantes porque, decía, “los replicantes no tienen familia”.

No ignoramos el hecho de que ciertos tics miméticos de nuestra cultura quieren convertirnos a todos en replicantes. Efectivamente, el individualismo y su consecuencia el multifamilismo, margina la realidad sociofamiliar humana a la que pretende presentar como mero accidente.

La familia es sin embargo esencia de humanidad: ningún humano puede renunciar a su condición familiar, a la identidad que le dan los suyos, sus padres, abuelos, etc. y que le distingue de los demás sin dejar de ser al mismo tiempo humano.

Todo esto implica repensar la igualdad, o quizá, mejor dicho, repensar nuestra desigualdad para fundamentarla en su punto justo. Ese punto dista equidistantemente tanto del individualismo ontológico que afirma que todos somos efectivamente iguales porque el hecho familiar (que se supone ampara las diferencias) es mero accidente anecdótico, como del individualismo aristocrático que separa de facto la dimensión afectiva y trascendente (que se supone anida en la familia) de los reclamos del derecho. Nuestro ánimo apunta, una vez que el estado ha garantizado los reclamos de humanidad en al ágora pública y que hemos dado en llamar derechos humanos, a subrayar la condición familiar como modo de llegar a un justo reconocimiento de nuestra identidad.

Es necesario pues dar carta de legitimidad ante el estado a nuestra condición familiar. Ello implica a nuestro juicio aspirar a que el estado reconozca la soberanía familiar y para hablar de ello pasamos al siguiente punto.

La Soberanía Familiar

Efectivamente aquí estamos abocados a hablar de política pues creemos que la apuesta por la soberanía de la familia es también una apuesta por rescatar cuotas de poder para ella.

Se trata de pactar con el estado un reconocimiento del poder familiar que permita a las familias crearlo y administrarlo ilimitadamente. Para que eso sea posible es sin duda alguna necesario que el estado se replantee su misma razón de ser para ser algo distinto de lo que es ahora.

El reconocimiento de un nuevo sujeto como sujeto afecta, podemos decir que esencialmente, a los sujetos ya existentes. Esto lo entendemos muy bien cuando pensamos en las grandes controversias de la historia que han motivado las sucesivas codificaciones de derechos. Pensemos en la controversia indigenista del siglo XVI, la esclavista del XVII, la sufragista del XX , o el pendiente reconocimiento de los derechos del no nacido. El acomodo de un nuevo sujeto implica que los sujetos ya acomodados se relacionen con él de manera distinta a como se relacionaban antes y también que se piensen a sí mismos de manera diferente. En este sentido el reconocimiento de la familia como sujeto implica necesariamente un replanteamiento del entendimiento que los sujetos ya acomodados tienen de sí mismos y aquí nos referimos particularmente al estado como el sujeto por antonomasia de la modernidad.

Alguno podría pensar, “bien, pues si para reconocer el poder familiar tenemos que esperar la transformación del estado, andamos listos: esta será una espera infinita”. No tiene porqué ser así. Afortunadamente existen mecanismos de diálogo, de megálogo, que diría el admirado Amitai Etzioni, para encauzar cambios de amplio calado en sociedades democráticas. Bien sabemos, no obstante, que el gran enemigo de la democracia es la inmoralidad de la corrupción y podemos anticipar que el poder establecido va a intentar comprar a quien proponga cambios de calado obsequiándole con algún beneficio con tal de que retire su propuesta de reconocimiento de nuevos derechos y poderes.

Estamos hablando en concreto de la inmoralidad de rendir los principios ante las prebendas de la política fiscal en la lucha de la familia por reclamar justicia del estado. La familia lo que necesita es poder, no dinero, no debemos confundirnos. El tema central en el debate sobre el poder o la soberanía familiar no es un debate sobre la economía doméstica o la legislación laboral, estamos ante algo mucho más importante a mi juicio. Algo de calado enraizado en los principios que contestan eso que buscamos responder cuando nos preguntan qué significa ser humano. Ser humano es ser familiar y más humanos seremos cuanto más familiares nos reconozcamos. Se trata de un reconocimiento de partida, de esos artículos que se escriben en los preámbulos de las constituciones y estatutos para dar sentido a todo lo que viene después. No, no hablamos de dinero, ni de sueldo del ama de casa, ni de descuento o desgravación por hijo. Estamos hablando de poder en su dimensión práctica.

Vayamos concretando. Hay un tema práctico con el que quiero acabar esta exposición y que parece en aras de la sencillez lo suficientemente concreto y simple como para recabar una atención pormenorizada. El poder se ejerce en nuestras sociedades a través del voto . Nos parece de todo punto inexcusable que la familia no vote. ¿Podrán las familias votar?

Creemos que sí y además pensamos que es esta una primera propuesta sobre la que se puede ir edificando poco a poco ese megálogo que replantee los roles sociales entre sujetos soberanos, estados, individuos, familias y otras comunidades, que conforman nuestra cada vez más compleja existencia en común. La propuesta de extender el sufragio a los niños, a todos los niños, nos parece un buen modo de iniciar un diálogo con el estado que lleve de ahí hacia otras propuestas y objetivos viables de reconocimiento del sujeto familiar.

El reconocimiento de la familia como sujeto que es al mismo tiempo ámbito de bienestar, de equidad, de justicia y de realización implica la confianza por parte de los poderes constituidos aún y cuando en la vieja tradición weberiana se piensen como poderes monopolio. Los gobiernos, ello creo que se entiende en la retórica política moderna, deben confiar en las familias: garantizar su libertad y asegurar también su capacidad decisoria que se supone que es un logro en el afianzamiento de las libertades públicas y de los derechos civiles.

Una muestra básica de confianza es, a nuestro juicio, asumir como meta a alcanzar en los próximos años en todo el mundo el derecho al voto de los niños representados por sus padres. Esta reivindicación fue propuesta primariamente en la Declaración de San José de Costa Rica el 28 de Julio de 2001 . Ahí se decía que uno de los logros del siglo XX fue la extensión del sufragio universal a la mujer, aun y cuando este derecho no esté plenamente reconocido todavía en algunos países. En el siglo XXI la inclusión de los niños en el sufragio hará definitivamente universal el derecho al voto, que es una exigencia irrenunciable de la persona en una sociedad democrática. Toda vida humana, no importa su tamaño, debe ser reconocida por la sociedad como miembro actual y no solo potencial. La participación activa de la familia en las elecciones implica otorgarle el voto a todo el núcleo familiar en proporción a su tamaño. Consiste en la equiparación de la ciudadanía a la nacionalidad: la extensión de los derechos propios de la ciudadanía a todos los nacionales, incluyendo los menores de edad, todos sin excepción.

El voto de los niños representados por sus padres es una manifestación de que la familia es sujeto social de derechos. Toda persona desde el inicio de su vida debe de tener derecho a su inclusión en el censo electoral. El voto de cada menor de edad será emitido por sus padres de acuerdo con el sistema que cada país vea más conveniente y justo a sus circunstancias. Existen varias propuestas y estudios realizados al respecto cubriendo las diferentes posibilidades.

El derecho al voto de los niños, amén de que sea una reivindicación política para reconocer el poder colectivo que emana del hecho familiar, es también, una necesidad educativa. La sociedad necesita padres responsables que sepan transmitir valores y actitudes saludables de generación en generación conformando culturas de servicio en la que los niños sean protagonistas. Una cultura y una sociedad saludables suponen el protagonismo de los niños, para los que trabajamos y preparamos un mundo mejor. Vivir para los niños y apostar por la familia en la que viven es hacer futuro y es también una manera eficaz de vacunarse contra el individualismo que cierra las puertas al reconocimiento de lo que en definitiva nos hace humanos: pensarnos humanamente familiares. Esto es también dar poder a un nosotros que muchas veces pasa oculto. Dar poder a los niños es por esto reconocer el nosotros que somos cada uno y con ello darnos todos más poder sin quitarlo a nadie.

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José Pérez Adán

sábado, marzo 11, 2006

DROGAS EN ADOLESCENTES

Unos treinta millones de personas consumen cannabis en los países de la UE más Islandia, Liechtenstein, Noruega y Suiza, según el último informe anual de la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes (JIFE), organismo de las Naciones Unidas con sede en Viena.

El informe señala la difusión de esta droga entre los jóvenes. Según sus cálculos, en la UE el 15% de los chicos de 15 años la consumen más de 40 veces al año. Este consumo es especialmente alto en Francia, Irlanda, Suiza, la República Checa y Gran Bretaña.

A la vez sigue creciendo la demanda de cocaína entre jóvenes. En cambio, la demanda de heroína está estabilizada o disminuye en Europa occidental.

El informe de la JIFE advierte que cerca del 80% de las pastillas de "éxtasis" que se consumen en el mundo se fabrican en Europa, donde esa sustancia sintética ocupa el segundo lugar en el consumo, después del cannabis. Las tabletas de éxtasis han registrado un aumento tras varios años de retroceso, especialmente entre los estudiantes. Se piensa que una tercera parte del consumo mundial de éxtasis tiene lugar en Europa.

Efectos del cannabis en los jóvenes

La difusión del cannabis en la población juvenil resulta preocupante a la luz de los conocimientos actuales sobre sus efectos. Wayne Hall, profesor de política sanitaria de la Universidad de Queensland (Australia), ha revisado varias investigaciones acerca del consumo de esta droga por parte de jóvenes. Su artículo se ha publicado en "Plos Medicine" (24-01-2006).

El investigador llega a dos conclusiones principales: primera, el consumo habitual de porros puede facilitar el desarrollo de enfermedades mentales; segunda, en la mayoría de los casos, cuando esta sustancia se consume a edad temprana, es el primer paso hacia drogas más perjudiciales.

Hall señala que desde principios de los setenta, cuando el cannabis comenzó a consumirse ampliamente, la proporción de gente joven que lo fuma ha ido aumentando poco a poco, a la vez que decrecía la edad de inicio en el consumo. "Actualmente la mayoría de los consumidores son adolescentes, que están en un período psico-social de transición a la vida adulta, cuando un pequeño percance puede tener consecuencias para toda la vida (…). De hecho, el 80% de los chicos y el 60% de las chicas que han consumido porros en la adolescencia tienen síndrome de dependencia", añade Hall.

Otras investigaciones sobre adolescentes de Estados Unidos muestran que casi todos los que han probado la cocaína o la heroína comenzaron por el alcohol, tabaco y cannabis, en este orden, y los fumadores habituales de porros son los que presentan mayor tendencia a consumir cocaína y heroína. Cuanto más joven es la persona que se inicia en el porro, más probabilidades tiene de convertirse en un consumidor de cocaína y heroína.

Las explicaciones más plausibles de esta correlación son, según un estudio, que los consumidores habituales de cannabis obtienen la droga del mismo mercado negro en el que se venden drogas más duras, y que los efectos del porro sobre el cerebro crean en los adolescentes la propensión a consumir otras drogas.

Algunos estudios señalan que jóvenes con propensión a enfermedades mentales (por ejemplo, esquizofrenia) son más vulnerables a ellas si fuman porros habitualmente. Esta investigación está avalada por un estudio sueco de más de cincuenta mil jóvenes, que descubrió una relación entre el riesgo de desarrollar esquizofrenia y la frecuencia con que se había consumido cocaína antes de los 18 años.

Wayne concluye que informar a los jóvenes sobre los riesgos del cannabis, sin ocultar las incertidumbres que subsisten en torno a los efectos de esta droga, es una buena prevención. La experiencia muestra que el consumo disminuye cuando los adolescentes son más conscientes de los riesgos.

PREMIOS Y CASTIGOS

Castigo o corrección

Liliana Esmenjaud
Mujer Nueva

"Quien bien te quiere ..."
Hace unos días leía en el periódico que todo castigo deja una huella de resentimiento, por lo que hay que evitarlo y hasta denunciarlo. Esta generalización se me hizo un tanto peligrosa. No porque esté a favor del castigo, sino porque puede llevar a muchos padres de familia e incluso a profesores a pensar que el corregir está mal, cuando no es así. Todo depende de qué se entiende por “castigo”.
Todo educador, llámese padre de familia o maestro, está investido de autoridad para educar y formar al hijo o al alumno. Parte de esta labor formativa y educativa se ejerce a través de las correcciones de todos los días. Si se nos quita la posibilidad de corregir, se nos despoja en ese mismo momento de la capacidad de educar.
Actualmente muchos adultos tienen miedo a “traumar” a los pequeños si se les corrige o se les llama la atención. Hay quienes nunca dan una negativa al hijo por miedo a que se enoje o a que baje su autoestima. Sin pensar que les dañamos más al dejarlos en el error o al permitirles que hagan tonterías que les pueden lastimar. ¡Cuántos manazos a tiempo han salvado a algún niño que jugaba con un cuchillo o que estaba a punto de meter el dedo en el enchufe! Seguramente el niño lloró, pero de no haberlo hecho, no hubiera tenido la posibilidad de llorar nunca más. Muchas veces nos puede pasar con los adolescentes, que por evitar que “lloren” por una corrección, los dejamos que sufran amargamente las consecuencias de algún comportamiento que se pudo evitar de haber actuado en su momento. Y créanme, esto sí crea resentimientos.
Con el pasar de los años
Si pensamos bien en qué es lo que más agradecemos a nuestros educadores ahora que somos adultos, nos damos cuenta que es precisamente su paciencia y constancia para ayudarnos a formar hábitos y superar errores y limitaciones, aún a pesar de nuestros enojos y falta de colaboración en muchos casos. Esto implicó toda una serie de correcciones a lo largo de la vida, con malas caras nuestras en muchas ocasiones, pero que ahora agradecemos y hasta reconocemos que somos lo que somos gracias a ellas. Nunca olvidaré cuando en 5º de primaria en un examen de matemáticas plantee bien el problema y resolví correctamente las operaciones, pero al poner el resultado se me olvidó especificar que se trataba de metros. ¡La maestra me puso mal todo el problema por este despiste! Me enojé, ¡claro está! pero no me traumé ni le guardo ningún resentimiento. Por el contrario, le estoy muy agradecida porque gracias a esa corrección no volví a tener despistes de este tipo en ningún campo, y eso me ha ayudado mucho a lo largo de mi vida.
Por otra parte, si nos ponemos a pensar, nadie nace siendo ordenado, o bien portado, o con la prudencia y el tacto en el trato que no moleste a nadie. Todas estas características que hablan tan bien de un adulto, son en la mayoría de los casos, el resultado de todo un proceso de correcciones por parte de sus padres o maestros cuando él era todavía niño. La teoría sola no forma. No basta con que digamos a los niños que decir mentiras es malo, para formar el hábito de la sinceridad. Es necesario por una parte, que le motivemos a decir la verdad y que le felicitemos cuando lo haga para que aprenda a sentir la satisfacción de haber hecho algo bien. Pero al mismo tiempo, si no le corregimos cuando miente, lo seguirá haciendo y no logrará el hábito deseado.
Las malas experiencias
Es cierto que en ocasiones se ha abusado de los castigos, llegando a lastimar al niño ya sea física o afectivamente. Por eso se entiende que se haga tanto hincapié para prevenir estos casos y asegurar que no vuelva a pasar. Pero no por esto se ha de dejar de corregir y de educar. Por otra parte, debemos recordar que la educación es un arte y que se ha de aplicar de manera personalizada. Cualquier madre de familia sabe muy bien que lo que le ha servido para corregir a su hijo mayor, muy probablemente no le ayude con el menor. La manera de corregir ha de depender de lo que se corrija, de la personalidad y de la edad del niño.
Teniendo en cuenta lo anterior, es posible dar algunos consejos prácticos para asegurar que nuestros modos de corregir no dañen a nuestros niños, sino que por el contrario, los ayuden a crecer como personas.
Por amor
Primeramente es muy importante que la corrección se haga para ayudar al niño a ser mejor, y no porque me ha molestado lo que ha hecho. Los niños tienen como un sexto sentido para captar muy bien las intenciones de los padres y maestros. Saben distinguir cuándo se les corrige por amor y cuándo por puro coraje. Además, con las correcciones les enseñamos a distinguir lo que está bien de lo que está mal. Hay que ser muy consecuentes con esto, para que el niño aprenda que se le corrigió porque estuvo mal que pegara a su hermanito, y no porque la mamá estaba de mal humor. Los niños son más inteligentes de lo que muchas veces pensamos, y van formando sus propios criterios del bien y del mal no tanto por lo que les decimos sino por nuestras reacciones hacia lo que hacen.
Siempre
En segundo lugar, no hay que esperar hasta que el niño llegue a la edad de la razón para corregirlo. En ese momento ya llegamos tarde. El niño empieza a formar hábitos desde que nace, por lo que los primeros años son básicos para su educación. Si no está en edad de entender razones, no se las des. Pero no dejes de corregir en el momento. Le haces un favor al ayudarlo a adquirir hábitos desde la más temprana edad.
La hora de razonar
Una vez que el niño ya entiende razones, es importante que aprenda que todo lo que hace tiene consecuencias. Todo acto bueno, tendrá consecuencias buenas, y todo acto malo, consecuencias malas. En la vida ordinaria las consecuencias ya sean buenas o malas no siempre se dejan ver instantáneamente. A veces se tardan años en llegar, pero siempre lo hacen. Descuidar la propia salud, a lo mejor no me afecta en un principio, pero tarde o temprano lo hará. Esforzarme en mis estudios puede no darme resultados inmediatos, pero el día en que encuentro trabajo doy por bien pagadas tantas horas de desvelo. Al niño hay que ayudarle a ver las consecuencias de sus actos de manera inmediata, para que comprenda esta relación entre su comportamiento y la consecuencia, y es aquí donde los reforzamientos y los correctivos entran en juego. Una felicitación, o una palmada en la espalda, ayudan al niño a entender que lo que hizo estuvo bien, y muy probablemente buscará hacerlo de nuevo. Un regaño o hasta una sanción, según sea el caso, le harán ver que lo que hizo no lo ha de repetir. Es muy importante que entienda que el correctivo se le aplica no porque se esté enojado con él, sino que es una consecuencia de lo que él hizo y que está en sus manos el que no se le vuelva a poner.
No hace falta
Esta es la misma función de las notas en los exámenes. Un 10 me está diciendo que estoy aprendiendo, y un 5 que debo volver a estudiar. No necesito esperarme a que me haga falta esta información en la vida para saber si la asimilé o no. Del mismo modo pasa con los correctivos. No necesitamos esperar hasta que metan al joven a la cárcel para que aprenda que no era correcto falsificar firmas, cuando pudimos corregirlo la primera vez que copió la de su papá, aunque lo hiciera por juego.
Siempre
Es importante que el niño sepa qué es lo que se le está corrigiendo y por qué. De poco sirve que se le quite al niño su juguete preferido por un tiempo, si no sabe por qué motivo lo perdió. En cambio, si lo sabe, evitará en un futuro hacerlo y podemos decir que entonces aprendió.
Proporción
También es importante que la corrección sea proporcional a lo que el niño hizo y que en sí mismo el correctivo no le haga daño. No podemos dejar a un niño sin comer, o a la intemperie en el frío como sanción, pero sí a lo mejor dejarlo sin televisión en alguna ocasión.
Reparando
Ayuda mucho, en la medida de lo posible, que el correctivo tienda a reparar el mal que el niño o el joven haya podido hacer. De esta manera, por un lado, comprende que sus acciones pueden dañar a los demás y, por otro, aprende a responsabilizarse de las mismas.
La sabia prudencia
Es importante que los correctivos sean apropiados a la edad del niño o del joven. Si ya está en edad de entender las razones, habrá que esperar al momento preciso para hablar con él y que él mismo acepte el correctivo como consecuencia de lo que ha hecho. En muchos casos esto es muy saludable y hasta le da la sensación de haber reparado el mal que haya podido causar con su conducta. Pero si por el contrario, se lo imponemos sin que sea conciente de que hizo algo malo, le podrá servir para no hacerlo otra vez, pero lo evitará más por miedo que por convicción, además de que se corre el riesgo de generar un sentimiento de injusticia haciendo que se rompa la comunicación con él, lo que sería muy perjudicial, pues en ese momento perderíamos nuestra capacidad para ayudarle.
Forma y fondo
La regla de oro que nunca falla es la de ser suaves en la forma y firmes en el fondo. Necesitamos educar, y esto implica corregir, pero el hacerlo no está reñido con el cariño, las buenas formas y el buen trato. Bien dice el dicho que más atrae una gota de miel que un barril de vinagre. El corregir es una forma muy auténtica de nuestro amor a los hijos y alumnos. No claudiquemos a nuestra responsabilidad de educadores, pero eso sí, hagámoslo siempre con amor.

miércoles, marzo 08, 2006

LIDERAZGO FEMENINO

LIDERAZGO FEMENINO
"Las Mujeres Trabajadoras no declinaremos ni en un ápice nuestros ideales de Unidad, Fraternidad y Equidad Social. Ni las voces nefastas de los detractores, ni la ruindad de los mediocres, impedirán que trabajemos intensamente por la Integración de Género y la Igualdad de Oportunidades, cumpliendo la misión esencial de bregar por la dignidad de todas las personas humanas, sin exclusión alguna."
(Stella Maris Orosco, Foro Femenino)
En el marco de un Encuentro de Mujeres Militantes Sociales realizado en la ciudad de Mar del Plata, representantes de distintas organizaciones procedieron al análisis de diversas problemáticas laborales, intercambio de ideas acerca del rol de la Mujer en las organizaciones sociales y elaboración de propuestas "para conformar un Movimiento dirigido a desarrollar acciones destinadas a apoyar la participación de la Mujer en la formación de nuevos cuadros en el ámbito sindical y político."
Durante la reunión, las Militantes expresaron "la urgencia de implementar políticas que contribuyan a construir un marco adecuado para que Todos/as puedan alcanzar un nivel verdadera y plenamente humano, ya que, el desempleo, la precarización laboral, la depreciación de los salarios y el trabajo "en negro" continúan abriéndose camino, dejando a su vera una cifra creciente de personas humanas que moran en la marginalidad."
"Los Derechos de los/as Trabajadores/as han sido mancillados", -subrayaron-. "Por ello, para el logro de una Justa Paz Social, urge que la misión de los/las dirigentes tenga presentes las siguientes premisas:
  • "Los trabajadores no deben ser considerados como simples objetos carentes de razón y libertad, sometidos al uso arbitrario de los demás, sino como personas humanas en el orden económico y social, en lo político y en el campo de la cultura". (DSI)
  • Organización Internacional del Trabajo (O.I.T.): "Todos los seres humanos, sin distinción de raza, credo o sexo, tienen derecho a perseguir su bienestar material y su desarrollo espiritual, en condiciones de libertad y dignidad, seguridad económica e igualdad de oportunidades".
  • Declaración Universal de los Derechos Humanos: "Toda persona como miembro de la sociedad, tiene derecho (...) a obtener, mediante el esfuerzo nacional y la cooperación internacional habida cuenta de la organización de los recursos de cada Estado, la satisfacción de los derechos económicos, sociales y culturales, indispensables a su dignidad y al libre desarrollo de su personalidad (Art. 22).
  • "Una sociedad en la que el derecho al trabajo se niegue sistemáticamente y las medidas de política económica no permitan a los trabajadores alcanzar niveles satisfactorios de ocupación, no puede conseguir su legitimación ética ni la justa paz social." (Juan Pablo II, -CA,43-)
  • "La prioridad del trabajo sobre el capital convierte en un deber de justicia para los empresarios, anteponer el bien de los trabajadores al aumento de las ganancias. Tienen la obligación moral de no mantener capitales improductivos y, en las inversiones, mirar ante todo el bien común. Esto exige que se busque prioritariamente la consolidación o la creación de nuevos puestos de trabajo para la producción de bienes realmente útiles." (Gaudium et Spes, 75)
En el contexto de la reunión, organizada por el Centro Cultural para el Desarrollo Social (fundado el 1º de mayo de 1998), las Militantes Sociales dieron a conocer algunos de los objetivos esenciales que serán el pilar de sus acciones:
  • Promover la Igualdad de Oportunidades para ocupar los espacios de decisión que legítima y meritoriamente nos corresponden, con el primordial objetivo de impulsar acciones destinadas a una auténtica transformación social
  • Establecer Nuevas Políticas de Participación Femenina mediante el despliegue de las capacidades creadoras de la Mujer, como un reconocimiento a la importancia que tiene la Participación Femenina en el Movimiento Popular.
  • Recuperar valores esenciales de la "cultura del trabajo" en que se ha forjado nuestro país, para formular estrategias vinculadas al Desarrollo Social y a la Erradicación del Trabajo Infantil, ya que la superación de la pobreza es responsabilidad de todos los miembros de la sociedad.
  • Expandir nuestra labor en un espíritu de Unidad, Paz y Equidad Social como suprema ética de convivencia.
Al finalizar el encuentro, la Cra. Stella Maris Orosco, Directora del Centro Cultural para el Desarrollo Social, expresó que "a través de estos valores, movilizando su energía femenina, la Mujer debe mantener su operatividad y consolidar su identidad y presencia, como eficaz agente de cambio político y social."

lunes, marzo 06, 2006

Ser agradecidos

Una de las cualidades humanas que manifiesta más claramente la madurez, la
salud psicológica, la calidad humana de una persona es su capacidad de
agradecer.

El hombre es un ser que necesita de los demás. No se concibe la vida del
hombre sin otros hombres. Para hacer cosas en la vida es necesario apoyarse
en los demás, en el sentido más noble, convivir es vivir con. Y eso es lo
que hacemos de una forma habitual.

La capacidad de agradecer está relacionada con el darse, una persona que
sabe darse, es decir, abrir la puerta de su vida hacia fuera, es agradecida.
Una madre es el ejemplo de entrega humana más frecuente y más hondo que
existe. Una madre es una persona que se da a cambio de nada, por eso las
madres son agradecidas, los detalles más nimios que sus hijos tienen con
ellas les produce una alegría especial, la alegría del agradecimiento.

Por eso cuando entre enamorados se habla mucho de deberes y derechos;
¡peligro!, algo falla. Se está maltratando lo esencial en el amor, que es la
entrega al otro. Falta agradecimiento.

Actualmente se está educando poco en el agradecimiento, es una de las
razones por la que la educación es de poca calidad. Agradecer una cosa es
dar las gracias para siempre, una persona agradecida está en deuda con el
otro de alguna manera, adquiere un compromiso y eso es lo que se rechaza: -
No quiero compromisos. No quiero cuentas pendientes con los demás. Parece
que agradecer fuera una muestra de debilidad. ¡Como si el hombre se bastara
por sí mismo!. Llamamos a los demás cuando los necesitamos pero luego no
agradecemos. ¡No vaya a ser que se lo crean!. ¡No quiero tener la sensación
de deuda con él!.

Actualmente en esta sociedad todos nos creemos sujetos de derechos. Por
tanto, como tengo derecho a todo, en lo personal y profesional, pues
entonces no tengo nada que agradecer. Todo lo que los demás hacen por
nosotros es su obligación. No agradezco nada.

La felicidad pasa por el agradecimiento, una persona agradecida no es
resentida. El agradecer de verdad las cosas, además de un acto de justicia o
precisamente por eso, aumenta la paz interior y por tanto la paz ambiental.
Donde hay una persona agradecida se sonríe. Sonreír habitualmente es muy
difícil, demuestra un estado del alma. Una persona que sonríe es una persona
fiable, es una persona agradecida. ¡Haced la prueba!.

Por cierto, podemos decir muchas veces a los hijos que agradezcan las
cosas y lo pueden hacer de una manera mecánica. Para aprender a ser
agradecidos, de verdad, hay que verlo vivido. Si no es imposible.

No olvidemos que estamos hablando de la calidad como persona. Quizá sea
por eso por lo que se están pidiendo, cada vez más, referencias personales,
vidas que sirvan de referencia. De otra forma es imposible educar.

Para instruir a las personas se necesita dinero, para educarlas se
necesitan vidas.

miércoles, marzo 01, 2006

Crisis adolescentes

Alfonso Aguiló
Se habla y se escribe mucho sobre las diversas soluciones para las crisis del adolescente, pero todas valen de poco si su tratamiento no comenzó desde mucho antes. Serían catorce o quince años de educación difíciles de rectificar de la noche a la mañana.

Cuando se busca qué tienen en común las familias que han tenido éxito en la tarea de educar, casi siempre aparece un factor que se repite: establecieron un plan claro de educación de sus hijos desde muy pequeños.

La mayor parte de los problemas que se van a presentar podrán detectarse antes de que lleguen a serlo realmente: es cuestión de actuar a tiempo.

Cada uno es como es —Pues yo a veces pienso que cada uno es como es, desde su nacimiento. Mis hijos, por ejemplo, que son aún pequeños, se han educado en el mismo ambiente, y sin embargo son muy distintos unos de otros. Eso demuestra que esto de la educación es algo bastante relativo.

—No te digo que no. Es verdad que cada uno es como es. Pero me imagino que no querrás abandonar a la ventura su educación con esa excusa. Un chico de diez o doce años es todavía un interrogante abierto, está aún muy por hacer, y de la educación que reciba dependerá en mucho su futuro.
Ciertamente hay mucho impreso en él ya desde su nacimiento, pero coincidirás conmigo en que vale la pena esforzarse por educarle, y que ese esfuerzo aporta más que la simple herencia genética.

No hay recetas mágicas —En eso estamos de acuerdo; si no, no estaría leyendo este libro. Lo que te pido por favor es que no me vengas con fórmulas mágicas, porque si las hubiera ni se leerían estos libros ni estarían las cosas como están.

—Descuida. No lo haré. No hay recetas mágicas; o, si las hay, por lo menos no existen formas fáciles de llevarlas a la práctica. Sería como preguntar a un campeón de ajedrez o a un gran futbolista cuál es la clave de su éxito. Lo normal es que no obedezca a una buena jugada como tal, sino a un conjunto de ideas que ha sabido conjugar acertadamente.
Hay que lograr combinar, pues, cada uno a su manera, las diversas premisas básicas en educación. Como sucede con el pintor, que casi nunca emplea colores netos, sino que los mezcla en la paleta hasta lograr un resultado final lleno de personalidad.

La innegable influencia —Y sé positivo también, por favor. También procuraré serlo, porque la educación ha de estar siempre presidida por el optimismo acerca de la capacidad de cambiar que tiene el hombre.

—Educar ha de ser una labor creadora y positiva, pues –como ha escrito C. S. Lewis–, el objetivo del educador no puede ser talar bosques, sino fertilizar desiertos. Y este es el tono que desde el principio quiere tener este libro.

—La calidad de vida de una persona depende en mucho de su educación. Es algo fundamental para el bienestar individual y colectivo. El chico será feliz y estará preparado para el futuro –eso es lo que pretendemos– si quienes estamos comprometidos en su formación logramos inculcar en él ideas sanas, criterios sensatos y valores adecuados. La gente más feliz no es la que más dinero tiene, ni la más dotada por la naturaleza, ni la que disfruta de más comodidades. A veces, incluso esos son los más insatisfechos.

—Aprender a ser feliz requiere toda una capacitación, una educación de la interioridad personal. Su felicidad dependerá en gran medida de cómo se desenvuelva más tarde en un ambiente que muchas veces será permisivo y difícil. Y la preparación para esa etapa ha de empezar mucho antes de la pubertad: así lo han comprobado en su propia carne muchos padres, después de llevarse un buen disgusto.

Hay que aprender para saber —Oye, y si tanto depende de cómo se educa, ¿por qué hay padres fenomenales con hijos que son un desastre, y padres caóticos con hijos encantadores?

—Aunque esos casos parezcan muy numerosos, son proporcionalmente pocos. Lo normal es que los hijos salgan a sus padres: de tal palo, tal astilla.

—Lo que es una lástima –y sí es más frecuente–, es encontrarse con padres que son buenos y ejemplares, pero que no se han esforzado por aprender la ciencia y el arte de educar, y no les ha ido nada bien.

—El esfuerzo por educar siempre tiene su premio. Además, su primera consecuencia es que hace mejorar al educador como persona. Sólo por eso ya merece la pena tomárselo muy en serio.

Familia VS Estado

La tiranía comienza cuando se sustituye a la familia por el Estado

¿Qué es la familia? Además de, como dijera aquel político, una institución de gran importancia pero difícil manejo.

En primer lugar, la familia es una célula de resistencia a la opresión, definición genial del genial Chesterton. Y así es: en el hogar es el único habitáculo del universo donde a la persona no se le mide por la norma mercantil del intercambio, del tanto aportas tanto recibes, sino por lo que es. El enemigo del hombre es el Estado, el aliado, la familia. En cuanto se traspasa la puerta del hogar, nace el mercado, de puertas adentro, impera el cariño. Por eso, cuando lo mejor, la familia, se corrompe, da lugar a la mayor de las desgracias. Lógico.

En segundo lugar, la familia es un compromiso, el compromiso más egregio e importante que se plantea en una vida. Un compromiso para siempre, donde no se intercambian cosas, sino personas. La donación no es de algo, sino de alguien, de uno mismo. El compromiso comienza con el matrimonio de un hombre y una mujer y se extiende a la crianza de los hijos, que exige un esfuerzo ingente a cambio de nada.

En tercer lugar la familia es la inventora de la solidaridad intergeneracional. Durante toda la historia ha sido la familia la que ha cuidado de enfermos terminales, discapacitados físicos y psíquicos, etc. Sustituir a la familia por el Estado es el comienzo de la tiranía.

Por la misma razón las crisis sociales son siempre las crisis familiares, especialmente el divorcio y las separaciones. Porque todo el entramado descrito depende de una sola cosa: de la seguridad de los miembros de cada familia de que ese refugio tiene vocación de supervivencia. Si esa confianza falla, entonces estamos retorciéndole el cuello a la gallina de los huevos de oro.